LA ESCAMA DE ORO

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Muchos años atrás, una noche despejada y clara dos portadores de palanquín regresaban a Hase después de haber dejado un cliente en una posada de la isla de Enochima. El sol se había puesto hacía rato y había anochecido.

Bajaron por un camino excavado en la roca y cuando avanzaban por la orilla de la playa les detuvo una hermosa mujer.

— Llévenme al templo de Kencho-ji — dijo.

A la luz de la linterna de papel que colgaba de sus bastones, se dieron cuenta de que las ropas de rico brocado de la mujer estaban completamente empapadas, lo que les hizo pensar que había intentado suicidarse ahogándose en el mar.

Sintiendo una situación de mal agüero y temerosos de meterse en complicaciones, ambos respondieron al unísono:

— No es posible. Terminamos nuestro trabajo y ya volvíamos a casa.
— Les voy a recompensar con esto, de modo que llévenme, por favor — dijo la mujer, entregándoles una moneda de oro, de las que entonces se llamaban koban.

Ambos abrieron mucho los ojos, porque para ellos era una enorme cantidad de dinero, y se dispusieron en el acto a llevar a la mujer.

La mujer subió y el palanquín se puso en marcha. Enseguida se dieron cuenta de que su carga era particularmente pesada, aunque no le dieron mucha importancia, atribuyéndolo al agua que empapaba los cuantiosos kimonos de seda superpuestos. Y ambos siguieron su camino a buen trote hasta que llegaron ante la puerta de Kencho-ji.

Se disponían a dejar el palanquin para que la mujer bajase, cuando una voz desde dentro les pidió:

— Entren y llévenme hasta el fondo del jardín, junto al estanque. Allí me pueden dejar, aunque no deben por nada mirar atrás.

Los dos hombres obedecieron, depositándola sin percances a la orilla del lago, y atravesaron el jardín a paso ligero. Pero cuando estaban a punto de cruzar el portón del templo, echaron la vista atrás y vieron que en medio del estanque se había levantado una gran nube de vapor, y en su interior atisbaron algo que les pareció la forma de un magnifico dragón negro.

Asustados a más no poder, dejaron el palanquin en el camino de losas y corrieron a llamar al abad del templo para contarle lo que habían visto.

— Aaah … esto no tiene nada de extraordinario — dijo sonriendo bondadosamente cuando ambos terminaron su entrecortado relato — Se trata del dueño del estanque.
Se había marchado hace unos días a su tierra natal y, al parecer, ha regresado.

Entonces los portadores de palanquin se apresuraron a sacar la moneda de oro que les había entregado su extraña pasajera. Y encontraron una gran escama, como nunca habían visto en la vida.

El dragón la había arrancado de su propio cuerpo para pagar el pasaje.

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