LA LEJANA LLAMADA DEL CORAZÓN

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No todas las Hadas son bondadosas . . . 

Existe una leyenda bretona que narra el encuentro de un caballero

con una bella dama, un  Hada, quedando hechizado por su belleza . . .

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En la estacion de las nieblas, cuando la escarcha blanqueaba la tierra y los arboles brillaban negros y desnudos, un caballero solitario vagaba por las colinas de Kent. Era joven, pero avanzaba con paso lento y arrastrando los pies. En una ocasion habia sido atractivo, pero ahora sus huesos tensaban la palida piel del rostro, y sus ojos estaban hundidos y apagados. Un encuentro ocurrido el verano de aquel año habia llevado al caballero a esta situacion.


La tierra florecia entoces: los prados estaban alfombrados de primulas y triniritas, y en el aire se respiraba el perfume de la lavanda. Una soleada mañana, partio en direccion a Londres para unirse a los ejercitos del rey. Cabalgo deprisa al principio, pero hacia calor y todo estaba silencioso, a excepcion del canto del mirlo y las repetitivas notas del cuco, y el corcel del caballero no tardo en pasar del galope al paso. El joven siguio adelante sin prestar atencion, ensimismado en sus sueños juveniles. Al cabo de un rato, su ensoñacion se vio interrumpida por un revoloteo cerca de un roble del camino. Llamo, pero nadie respondio. Envalentonado por la curiosidad, desmonto y se acerco al arbol.
-Salid-dijo-.
Una risa cantarina fue la unica respuesta.
-Salid- volvio a decir el caballero.
Una mujer avanzo hasta el sendero con paso ligero y se detuvo ante el. Parecia vestida con la aurora, pues sus ropas eran del color de los petalos de la rosa, y la coronaba una cascada de llameantes cabellos.
Sostuvo la mirada del caballero con ojos verdes de gato tan asustadizos como los de cualquier criatura del bosque, y en ese instante, el caballero se perdio. Todo pensamiento sobre el rey se esfumo en su mirada.


Sin una palabra, extendio los brazos hacia el hada. Ella se acerco de buena gana, al parecer, y el caballero la subio a la silla de su caballo. En una lengua que el no comprendio, la mujer susurro algo al animal, que abandono obediente el sendero y, con el joven andando a su lado, se deslizo entre los arboles y penetro en los soleados prados que se extendian al otro lado.
Viajaron asi durante horas, ora por el campo, ora por el sombreado bosque. De vez en cuando, la dama hablaba en voz baja. El caballero arrancaba flores silvestres para ella, y con agiles dedos, la mujer las convertia en guirnaldas para sus llameantes cabellos. Cuando el sol alcanzo el cenit, ella empezo a cantar, tejiendo una red de melodias alrededor del hombre que la acompañaba. Se inclinaba sobre la silla y clavaba la mirada en los ojos de él con tal absorbente ternura que el anhelo no dejaba hablar al joven.
Por fin, bien entrada la tarde, la dama dijo una palabra en su extraño idioma, y el caballo se detuvo en un pequeño bosquecillo de saucos. El caballero la bajo de la silla y clavo la mirada en su rostro; descubrio una indecible tristeza. Las lagrimas brillaban en sus verdes ojos y centelleaban en sus pestañas. El caballero beso al hada, pero ella se aparto de sus brazos y empezo a cantar de nuevo. Suave como la neblina manital, la voz lo envolvio, y los parpados empezaron a pesarle; tambaleandose, cayo al suelo.Vio por un instante las rosadas vestiduras de la doncella y los brillantes rizos de sus cabellos, balanceandose mientras se inclinaba para contemplarlo; en lo alto, el dosel de hojas empezo a dar vueltas. El joven cerro los ojos.
Mientras dormia, soño con tinieblas.


Vio una fila de hombres, caballeros como el, pero macilentos y grises en la muerte. Sus labios resecos estaban abiertos sobre bocas desencajadas, y las sombras llenaban las cuencas vacias de sus ojos. Los labios se movieron, y el caballero comprendio que las espectrales figuras pronuciaban su nombre. Sus dedos esqueleticos se agitaban llamandolo.
Desperto bañado en un sudor frio y contemplo las estrellas a traves del follaje.
Estaba solo. Suspiro, cerro los ojos y volvio a dormir. Llego el amanecer, y el segundo despertar del caballero, y con el una premonicion de terrible pesar.


 El hada habia desaparecido, tras haverle arrebatado el corazon. Supo que lo habia abandonado con la misma seguridad que si la hubiera visto morir, y comprendio que a partir de aquel momento, cada hora estaria dolorosamente vacia.
Habia encontrado su destino: una vida llena de anhelo que jamas podria sastifacerse y de llamadas sin respuesta.
Enfermo de deseo, se alzo y busco.
Registro el bosquecillo pero no encontro ni rastro del hada. Recorrio los prados, siguiendo cada sendero y desvio, pero no encontro señal alguna.
Asi transcurrio ese primer dia y el otro y el siguiente. La flores se marchitaron en los campos, se recojieron las cosechas y las aves dejaron de cantar,  pero el caballero siguio vagando, una figura demacrada recortandose en el horizonte invernal, un hombre privado de esperanza pero no de deseo.
Por fin ya no pudo andar mas. Se desplomo sobre los helechos. Los ultimos sonidos terrenales que percibio fueron el gemido del viento y los asperos chillidos de unos grajos peleando. En esa hora, murio.


Los aldeanos que encontraron el consumido cuerpo no dijeron gran cosa, pero sus rostros estaban serios y sombrios. Cuando estubieron a salvo en sus hoguares, cuchichearon sobre hechizos de hadas y la cantidad de mortales victimas del amor magico. Hablaban con temor, como hacian a menudo los humanos al hablar de los poderes de esas criaturas.


Poema de John Keats basado en esta bella leyenda:

LA  BELLA  DAMA  SIN  PIEDAD

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¡Oh! ¿Qué pena te acosa, caballero en armas, vagabundo pálido y solitario?

Las flores del lago están marchitas; y los pájaros callan.

¡Oh! ¿Por qué sufres, caballero en armas, tan maliciento y dolorido?

La ardilla ha llenado su granero y la mies ya fue guardada.

Un lirio veo en tu frente, bañada por la angustia y la lluvia de la fiebre,

y en tus mejillas una rosa sufriente, también mustia antes de su tiempo.

Una dama encontré en la pradera, de belleza consumada,

bella como una hija de las hadas;

largos eran sus cabellos, su pie ligero, sus ojos hechiceros.

Tejí una corona para su cabeza, y brazaletes y un cinturón perfumado.

Ella me miró como si me amase, y dejó oír un dulce plañido.

Yo la subí a mi dócil corcel, y nada fuera de ella vieron mis ojos aquel día;

pues sentada en la silla cantaba una melodía de hadas.

Ella me reveló raíces de delicados sabores, y miel silvestre y rocío celestial,

y sin duda en su lengua extraña me decía: Te amo.

Me llevó a su gruta encantada, y allí lloró y suspiró tristemente;

allí cerré yo sus ojos hechiceros con mis labios.

Ella me hizo dormir con sus caricias y allí soñé (¡Ah, pobre de mí!)

el último sueño que he soñado sobre la falda helada de la montaña.

Ví pálidos reyes, y también princesas, y blancos guerreros, blancos como la muerte;

y todos ellos exclamaban: ¡La belle dame sans merci te ha hecho su esclavo!

Y ví en la sombra sus labios fríos abrirse en terrible anticipación;

y he aquí que desperté, y me encontré en la falda helada de la montaña.

Esa es la causa por la que vago, errabundo, pálido y solitario;

aunque las flores del lago estén marchitas, y los pájaros callen.

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