EL BUENO Y JUSTO REY TOLAND

 

  n medio de la noche, una mujer de impresionante belleza entraba en la posada con un arpa bajo el brazo. Los clientes se callaron un momento y cuando reemprendieron las conversaciones, lo hicieron con renovado entusiasmo, como si la entrada de esa mujer los hubiese encantado.

Caminaba con un aplomo y agilidad notables. Era una poeta, una trovadora.

– Buenas noches, Faith – dijo el hostelero apoyando el paño de cocina en la barra para recibirla con los brazos abiertos -. ¡ Hacía tanto tiempo que no te veiamos ! ¿ Donde has estado ?.

– Buenas noches, amigos míos. He viajado al reino de Harcourt esperando que mis canciones y las noticias que llevaba pudieran tranquilzar a sus habitantes, pero allí la vida no sonríe a quien se niegue a rezar a su famoso Cristo. En consecuencia, aquí estoy de nuevo, con nuevas canciones para las posadas de Sarre.

– Te quedarás aqui esta noche, ¿ verdad ?, – preguntó Tara, la mujer del posadero, mientras preparaba una mesa para la trovadora.

– Por supuesto,  si me ofrecéis un poco de vuestra famosa pintada…  Tara le repondió con un guiño.

Faith pertencia a los bardos trovadores, que seguian las enseñanzas de los druidas y además debía recorrer los territorios con sus canciones, sus historias, pero también llevaban las noticias de pueblo en pueblo.

En el ambinte se notaban la magia del lugar, los aromas de la carne asada, la luz roja y verde de la s linternas vacilantes, la bondad de sus patrones y sobre todo la misteriosa mujer que era Faith, quien sentada junto a una mesa y con el arpa entre las manos, se dispuso a interpretar la primera canción.

– He aquí una canción que cantan los silvos en el bosque de Brocelia. La he traducido a nuestra lengua pero sin cambiar la música…

La mujer sonrió, luego apoyó el arpa contra el vorde de la mesa y entonces un atento silencio invadió la posada. Faith comenzó a contar una historia sin quitar los ojos de los clientes. La voz de la trovadora ya era por sí misma un poema.

 

La Historia de Faith comenzaba así:


ace muchos tiempo vivía en esta tierra un viejo rey llamado Toland, que era bueno y justo.  Había hecho construir su casa ( un castillo tan suntuoso como ningún rey podría edificar hoy día ) en la ciudad de Providencia, que entonces no se llamaba Providencia, sino Amelson. El reino de Toland se extendía desde la ensenada de Ebona hasta el norte de Gaelia.

Los súbditos de Toland vivían tranquilamente de la pesca, la caza, la ganaderia y la agricultura. Esta historia sucdeió antes de la llegada de los galacios, incluso mucho antes de la edificación del célebre palacio de Sai Mina en el norte.

En aquellos tiempos, en los ricos territorios había hombres, enanos, duendes, lobos y muchas otras criaturas olvidadas ahora, que entonces vivían en armonía. Era como un pueblo grande donde todos se conocían y apreciaban. No había guerras  y  los seres humanos no conocían otra cosa que la tierrra, los árboles, las flores, los pájaros, el mar, los peces y el sol…

Pero como el rey se estaba haciendo viejo, su hijo, Ersen, comenzaba a impacientarse. El príncipe era un adolescente tan ambicioso como egoísta y sólo esperaba ocupar el lugar de su padre para dirigir el reino a su manera.. La reina había muerto unos años antes, y el rey, demasiado ocupado en los asuntos de Estado, no había tenido tiempo de criar a su hijo como es debido. Pero el pobre Toland, quien, como ya he dicho, era justo, mal o bien intentó dar una buena educación a su hijo. El hizo construir para él una magnídica ciudad sobre la isla de Monte Sepulcro, que se llamó Mur Ollava, la ciudad de los cultos, porque hizo venir a ella a los mayores sabios. Eran los tiempo en que el saber se transmitía mediante los libros, antes de la llegada de los druidas. Sí, porque los druidas nos enseñaron más tarde la superioridad de las palabras que se entonan por encima de las que se escriben. El autentico saber se transmite de viva voz, hablando, como un secreto precioso. Pero tambien puedo aseguraros que fue sobre las ruinas de esa ciudad de Mur Ollavan que Thomas Aeditus hizo construir la Universidad de Monte Sepulcro, porque creía en el libro y en la escritura. Y debo admitir que, aunque no aprecie mucho a ese Aeditus, su biblioteca es la más rica que he visto en Gaelia. He visitado todas las grandes ciudades del mundo, he visto Farfanaro, Tarnea, Providencia y Ría, e incluso he conocido grandes ciudades situadas más allá de los mares del sur, pero jamás he visto biblioteca más bella que la de Monte Sepulcro. Tiene copistas trabajando día y noche, para reproducir a mano los mejores libros sobre pieles curtidas de oveja. Allí puede encontrarse el único ejemplar del Libro de las Invasiones, y también están los grandes mapas del mundo dibujados por los marinos de Bisaña… Se necesitarían muchas vidas para leer todo lo que contiene esa biblioteca.

Sea como fuere, volvamos ha nuestra historia, después de pasar unos años como interno en Mur Ollavan, también el principe Ersen se había convertido en una persona muy instruida. Por supuesto que no tanto como los druidas, pero conocía muy bien la geografía, la  historia y la filosofía de los antiguos. Y además, aunque no hubiera guerra, el joven príncipe insistió para que le enseñaran todos los secretos de las tácticas  guerreras y de la estrategia militar. No podía soportat el inmovilismo de su padre y habría querido explotar todas las tierras de la corona, de las cuales el rey apenas sacaba provecho. La sabiduría al servicio del poder resulta siempre la mejor de las combinaciones cuando la bondad está ausente.

Entonces, incluso antes de convertirse en rey, el joven Ersen decidió recorrer el país para asegurar su autoridad sobre los súbditos de su padre, cobrar nuevos impuestos y comprobar que todo el mundo se sometíera a la ley real, al menos tal como él la comprendía. Al frente de un pequeño ejército de trescientos hombres recorrió el reino a caballo en todas direcciones, a pesar de las protestas de su padre. Y, en los lugares donde Toland se había hecho querer por sus súbditos, el príncipe se ganó el odio del pueblo a causa de su crueldad y egoísmo.

Pero era un jefe excepcional, un hábil manipulador de la retórica y no había tenido dificultades para convencer a sus sodados sobre lo correcto de sus objetivos. Apenas tres semanas después de comenzar la campaña intinerante, los trecientos hombres de su séquito se habían comvertido en  salvajes de gran brutalidad de escasa o nula inteligencia, y muy disciplinados y obedienres.

– Las protestas muy pronto llegaron al rey, que se encontraba en su catillo de Amelson y se hundió de inmediato en una profunda desesperación. Era viejo y si se moria, todos los súbditos íban a quedar a merced de un hijo que no se le parecía, cuya crueldad no dejaba de crecer y contra quien ya no poseía ninguna autoridad. En consecuencia, Toland pidió consejo a sus asesores sobre lo que debía hacer. Pero, como ellos no veían otra solución que deshacerse del indigno heredero y el rey no podía decidirse a tomar esa resolución, se desesperó aún más.

Una mañana, cuando el rey estaba apunto de morir consumido por la tristeza y el desasosiego, se presentó en su corte un extraño mensajero vestido de negro que llevaba la cabeza cubierta por una inquietante capucha. El recién llegado solicitó audiencia y, aunque los consejeros del monarca se mostraron reticentes debido a las circunstancias, el mensajero insistió tanto ( quizá también había hecho uso de la magia ), que acabó por convencerlos de que lo condujeran ante el lecho del rey moribundo. Era alto, delgado y de gestos graciosos. Y en la desenvoltura de su actitud había algo que inspiraba respeto, parecía un rey.

– Señor – comenzó, echándose la capucha a la espalda y mostrando unos rasgos delicados, orejas puntiagudas y un extraño color de piel, cuya tonalidad y textura era semejante a las de la madera -, soy Oberón, el rey de los silvos, y he venido del bosque de Borcelia para ofreceros nuestra ayuda.

– ¿ Otro rey en mi reino ?- acertó a blabucir Toland, ahogándose.

El silvo sacó del bolsillo una flor seca que sin embargo conservaba su color rosado original.

– Cada año, el Árbol de la Vida de nuestro bosque da una flor que nosotros, los silvos, llamamos la muscaria.

– ¿ El Árbol de Vida se encuentra en mi bosque ? – se indignó el rey.

Pero el silvo no respondió Prosiguió la historia, que contaba con una voz suave y tranquila, como si hablase con un niño.- El que coma esta flor rejuvenecerá un año. Ése es el regalo de Árbol de Vida. De esa manera, de acuerdo con la leyenda, si un hombre comiera año tras año la flor nueva de muscaria sería eterno.

Toland frunció el entrecejo  dedicó inquietas miradas a sus asesores  que se encotraban detrás del silvo. Pero éstos parecían más interesados en la flor que en su rey moribundo.

Coma esta flor, señor, y cada año el pueblo silvo vendrá a traerle una nueva de regalo, de ese modo será usted eterno y su hijo nunca llegará a ser rey.

Los dos reyes, el silvo y el humano, hablaron hasta el anochecer y, cuando el sol hubo desaparecido del todo detrás de las cumbres rosadas de las montañas de Gor Draka, el rey Toland aceptó la ofrenda del pueblo silvo. De esa manera, cada año el rey rejuvenecía un año para recuperar toda su vitalidad.

El príncipe Ersen, que consideró que le estaban robando su destino, se volvió loco y atacó a su padre con su propio ejército, que entonces contaba con quinientos hombres. Pero las tropas del rey fueron las más fuertes, y Ersen encontró la muerte en el campo de batalla, ante los ojos llenos de lágrmas de su padre, que, como ya sabéis, era justo y bueno.

Al año siguiente, el rey dejó de comer la flor de muscaria que le daban los silvos. Había tenido un segundo hijo de su segunda mujer y, cuando dicho heredero estuvo en edad de gobernar. Toland le hizo prometerle que respetaría el pacto de los silvos y se dejó morir al invierno siguiente.

Su hijo también se comvirtió en un rey justo y bueno, y respetó la promesa que Toland había hecho a los silvos, y hasta el dia de hoy los siguientes reyes se comportaron de la misma manera.

– La promesa consistía en que el bosque de Borcelia y sus secretos permanecerían para siempre bajo la protección del monarca -.

Por eso sabemos tan pocas cosas de los silvos, e incluso algunas personas llegan a pensar que no existen …

odos los clientes  de la posada aplaudieron, sonriendo y encantados con la historia que  les acababa de relatar la trovadora…

Faith dirigió un guiño a todos.Y luego, para cantar por fin, volvió a coger el arpa.

Uno. No hay canto par el uno,

porque sólo una cosa es única.

Que no tiene ni antes ni después; la muerte.

Dos bueyes uncidos a un carromato

conducen a los actores camino arriba,

hasta morir, ¡ que tristeza!

Tres partes tiene el mundo,

tres comienzos, tres finales,

tres reinos para el Samildanach.

Cuatro piedras de amolar

para afilar las espadas de los valientes

en los cuatro confines de Gaelia.

Cinco eras contiene el tiempo

para los dioses, los animales y los hombres,

cinco eras que luego vuelven a empezar.

Seis plantas medicinales,

y en el caldero pequeño

el enanito mezcla la pócima.

Siete planetas entre nosotros,

siete cuerdas en el arpa del bardo

acordes con la armonía del mundo.

Ocho vientos que soplan

desde los ocho mares del mundo

sobre la montaña de la guerra.

Nueve duendes que danzan,

nueve herilims que cazan,

nueve números resumen el mundo.

Diez barcos enemigos

que se han visto llegar desde el sur.

¡ Es nuestra desgracia !

Once curas armados

con las espadas rotas

y sangre en las sotanas.

Doce meses al año,

doce Grandes Druidas

para acabarlo todo.

La Moira V. I

– Henri Lœvenbruck –

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