LA CIUDAD DE LOS BRUJOS

Después de caminar durante un día y una noche, llegamos a cierta ciudad llamada Adthon, considerada como el lugar más remoto del mundo ; se encuentra junto al mar y rodeada de llanuras. Apenas llega hasta aquí la autoridad del rey dueño y señor de estas tierras y es tan hinhóspita y desagradable que ni siquiera las huestes del reino han querido ocuparla, ni se atreven a transitar por ella.

Estaba en aquel tiempo habitada por magos y encantadores cuyos poderes, con la ayuda de espíritus infernales, obraban milagros y prodigios, condenándose unos a otros con aojamientos, maldiciones, filtros y espantos de tal naturaleza que la ciudad toda se había convertido en un mercado de horrores donde la salud, el aspecto físico, la fortuna e incluso la vida y la muerte, se compraban y se vendían al por menudo y hasta se pregonaban, como se hace con la carnes y las hortalizas.

Atraídos por la fama de sus brujos y terapeutas, acudían secretamente gentes de muy lejanos países, con la esperanza de recobrar la salud o de obtener filtros para  regresar al vigor perdido, o a la belleza tardía, o para procurar con malvadas fórmulas la ruina o la desdicha de sus enemigos.

A nadie extrañó, pues, nuestra presencia. Al contarario, nada más vernos empezaron a aproximarse personas sonrientes con dientes blanquísimos y un poco separados, que nos iban ofreciendo sus servicios mágicos y taumatúrgicos. Un hombe maduro acompañando a dos mujeres jóvenes y bellas se les antojaba cliente seguro para adquirir sus pócimas vigorizanes, y por todas partes rivalizaban en ofrecerme mejunjes capaces de ponerme a competir en virilidad con cualquier mancebo de veinte años. Yo me sentía molesto y avergonzado, incómodo de mostrar a sus ojos tan lamentable aspecto, mientras mi malencioso compañero se reía y les animaba a continuar acosándome con sus ominosas mercadrías.

Replicaba yo a mi vez no necesitar de tales remedios y que por el contrario era mi compañero el que acudía allí para procurarse un poderoso filtro que debía propinar a cierta doncella desdeñosa. . . Y así continuamos un rato con estas bromas, hasta que, obligando a callar a mi compañero, le propuse:  Acabemos con este juego, dije, que necesitamos descansar. Busquemos una posada o una casa de gentes de bien que deseen acogernos.

Al comprender que era tan sólo hospedaje lo que solicitábamos, nos abandonaron los buscones y pudimos caminar hasta una plaza anchurosa en la que me  indicaron una puerta a la que debíamos llamar: Pide albergue, que ahí lo hallaras. . . Y efectivamente una mujer enlutada y esquelética nos franqueó la entrada saludándonos como huéspedes: Bendito sea la Moira, nos dijo suspirando, que encaminó vuestros pasos a tan indigna morada. . .

Nos miraba con unos ojos minúsculos y hundidos, pero de un brillo deslunbrador; eran unos ojos inquietantes que al cabo de un rato de fijarte en ellos causaban un extraño desasosiego. Ante nuestro asombro se dirigió en primer lugar al jumento, como si la humilde bestia fuese la persona principal de todos nosotros, tomándole del ronzal y acariciándole las largas orejas, le hizo pasar a un magnífico establo, iluminado con teas perfumadas, adornadas las paredes con lujosos azulejos labrados, pesebres de mármol y puertas con herrajes de plata. En medio de la estancia, que me resisto a llamar cuadra, se volvió a mirarnos un mulo de gran tamaño, enjaezado y adornado con toda clase de cordobanes. Otras dos mujeres, más jóvenes que la primera, pero más insignificantes, le hablaban suavemente mientras le obsequiaban con escogidos cogollos y ramitas verdes, ungiéndole de perfumes.

Mi amigo y yo contemplábamos el enorme mulo sin comprender qué significaban aquellas ceremonias y delicadezas en torno a tan grosero animal, y la mayor de las tres mujeres, la que nos abrió la puerta, se creyó en la obligación de aclararnos el misterio: Este animal  es nuestro hermano, nos dijo como avergonzada; un joven de gran belleza y de extraordinario vigor que ha sido víctima de un hechizo infame. Una viuda perversa, pertenciente a cierta familia de encantadores, se prendó de él y tras perseguirle y solicitarle de todas las formas imaginables, pasó más tarde de los ruegos a las amenazas y de las amenazas a los hechos, cambiándole con sus malas artes en la desdichada bestia que estáis mirando. Ésta es la causa por la que he sentido tanta piedad por vuestro jumento que inevitablemente despierta en mí sentimientos de ternura y de amor fraterno.

El mulo efectivamente parecía entenderlo todo y hasta mirarnos con curiosidad. Nos sirvieron la cena junto al pesebre, al parecer no le gustaba estar solo. Mi amigo apenas probó bocado; estaba como subyugado mirando al mulo y varias veces, en voz baja, me hizo observaciones a propósito de sus movimientos y su tremenda musculatura.

Por la noche el mulo se quedaba solo, nos aclaró la hermana; creemos que lo prefiere así. En ocasiones le traigo una yegua en celo para que se divierta; ya sabéis, continuaba, que los mulos, aunque estériles, gustan mucho de juegos amorosos, se entregan a ellos con más violencia que los garañones y los potros; cuando se les utiliza para el trabajo doméstico es imprecindible castrarlos previamente. No se me alcanzaba el interés de aquella mujer por hacernos tantas aclaraciones sobre los hábitos sexuales de aquella bestia. Mi amigo seguía muy atento las explicaciones de la mujer y creí observar entre los dos una corriente de simpatía.

Nos pusieron a dormir en una estancia muy calurosa . Me revolvía sudando, sin encontrar la postura adecuada, algo ominoso  y ácido flotaba en el ambiente anunciando desgracias, y al filo de la madrugada estalló la tormenta. . . Habíamos dejado abiertas las ventanas porque el calor, en las primeras horas de la noche, resultaba insoportable. Y empezó a levantarse el viento agitando las cortinas y derribando los cacharros del hogar.

Cuando fui a asegurar las tablas contemplé los primeros relámpagos rompiendo las nubes. A cada estallido de luz, sombras horrendas y amenazantes se dibujaban en el cielo; animales fabulosos, bocas descomunales, fauces de fuego y humo, garras, pezuñas, hocicos peludos. Ante mis ojos aparecían y desaparecían muiltitud de manchas difusas que se dilataban y se contraían como gusanos reptantes.

Ignoro el tiempo que permanecí asomado, contemplando aquel desfile de horrores. Una sola vez se despertó mi amigo, se incorporó en la cama y se quedó mirando: ¿Qué haces? ¿Por qué no te acuestas? Es la tormenta, le dije. . .  Y en ese momento estalló el aire con un trueno que hizo estremecer las paredes de la casa, al tiempo que la habitación se iluminaba súbitamente. Se escuchaba piafar y relinchar a las caballerías; graznidos, bufidos, toda clase de gritos soeces, como si el mismo infierno hubiera abierto de par en par sus puertas, vomitando en la noche torrentes de maldad.

La llegada de la luz fue un alivio y un gozo. Empezó a iluinarse el cielo anunciando la aurora y el aire se llenó de pájaros. Se dibujó después en el horizonte una raya roja, que se tornó nacarada y brillante, presagiando la salida del sol. . .  Pensaba que al fin todo había pasado. Pero cuando abrí la puerta para saludar al nuevo día, obsevé con espanto que los demonios no habían estado ociosos, algo más hicieron que sus gestos de amanaza; un rayo había destruido parte del tejado de la casa, dejando al descubierto las vigas humeantes. . .

Aparaeció la dueña de la casa, sigueme, me dijo, y contempla la gloria de la Moira. Por algo os bendecía mi boca al atravesar los umbrales de esta humilde morada. Me condujo al establo y me hizo asomar a la puerta. . . No es fácil expresar con lenguaje de hombres lo que allí contemplé. En la estancia resplandecía una luminosa blancura que emitía constantemente circulos fosforescentes, alumbrando a intervalos sucesivos  las diferentes zonas de la cuadra. . . y en el suelo, atado a una cadena y desprendidas las correas del cabezal, tendido sobre el estiércol y completamente desnudo, dormía y resoplaba un fornido mocetón. . . La mujer, pese a la evidente alegría de recuperar al hermano en su primitiva forma humana, no pudo evitar un cierto gesto de vergüenza ante el espectáculo y debo reconocer que el desdichado joven me pareció mucho menos digno y respetable en ese su propio estado que cuando le miraba convertido en mulo.

Lo cubrió la hermana con una manta y le arregló el pelo crespo y feroz, que le caía sobre la frente pegado de sudor, paja y estiercol;  No le quiero despertar, me dijo, porque estará muy cansado; la recuperaciòn de la propia figura es un esfuerzo mayor si cabe que el de una parturienta, especialmente cuando hay que contraer el volumen del cuerpo, a partir de los grandes mamíferos; duelen todos los huesos crujiendo y los músculos se tetanizan crispados en atroces contracciones. . . Durante tres horas le escuché quejarse y gritar hasta caer rendido, hace sólo un nomento. Incluso algunos mueren en el trance,  se han dado casos de romperse el corazón debido a la fatiga.

Le pregunté como es posible dominar la técnica de las transformaciones con tanta perfección y ella me respondió que está en la  misma naturaleza de los seres vivos y sin tratar de violentarla, todo resulta posible: Cada persona, me aclaró, posee su doble en el reino animal y el paso de una figura a otra no es tan dificil como pudiera parecer; es enorme como he dicho el dolor y la violencia que padece la carne, imprescindible el impulso inicial, a la manera del germen del hombre depositado en la matriz de una esposa, pero una vez logrado, todo se desarrolla con igual normalidad con que florece un árbol o se desprende una fruta. Lo que sería del todo punto imposible es convertir a un ser humano en un animal que no le fuese propio, por ejemplo mi hermano, siempre que alguien trate de transfigurarle, volverá a ser mulo.

Sentí curiosidad por entrar un poco más a fondo en esa extraña ciencia de la metamorfosis y hasta quise indagar si era posible conocer previamente en que nos convertiriamos cada uno de nosotros, por ejemplo mi amigo: Ése es un perro, me contestó sin dudar, un perrillo medroso. En cuanto a ti te veo como una lechuza o un búho. Yo soy culebra, añadió impertérrita; incluso creo que lo fuí de niña, aunque siempre han tratado de ocultármelo. . . En sucesivas vidas, en caso de regresar el alma degradada, pasa a los animales que le son afines, es, por así decirlo, un futuro hogar posible que se le asigna a cada espìritu.

No sé por qué me estremecí  al escuchar aquello, me recorrió un escalofrío que me erizó la piel. La mujer se dio cuenta y me miró a los ojos muy severa: Tú sabes que todo lo que ha sucedido aquí ha sido por causa tuya, me dijo. ¿Quién éres?  ¿De dónde vienes?. . .

Le respondí que no podía revelar nada, que por suerte o por desgracia me había encontrado como depositario de ciertos misterios y debía respetarlos a todo trance. . . Pero también es cierto, añadí, que hay cosas tan sorprendentes e inverosimiles que aunque pase el tiempo y las contemples cada día a tu lado nunca llegas a acostumbrarte. . . Y porfavor, no quieras saber más, es todo cuanto puedo decirte.

La mujer me  miraba con tanta fijeza que hasta me pareció que se le agrandaban los ojos. Así permaneció algún tiempo. Sin duda estaba llena de curiosidad, pero respetó mi silencio y no quiso indagar más.

Permanecimos cerca de un mes en aquella casa; se resistían a dejarnos marchar, tanto era su agradecimiento. EL joven reconvertido en humano resultó ser un muchacho bondadoso, aunque algo torpe de movimientos y cerrado de mollera.Con gran aparato de ceremonia, reuniéndose amigos y vecinos, se celebró una fiesta para celebrar que el muchacho había vuelto al mundo de los humanos .

Yo celebré el acontecimiento y recordé la confesión que me habia hecho su hermana, no me sorprendió nada, comprendí entonces la identificación y el amor que se produce en ocasiones entre hombres y aniamales, mayor aún que entre los mismos humanos.

Durante la fiesta tuve que hacer esfuerzos por no ver entre los invitados la variedad faunística que escondían en sus posibles metamorfosis, y que por alguna mágica razón se dejaban traslucir con extraña evidencia. Trataba de apartar la idea que constantemente  regresaba a mi mente y a mis ojos poniendo ante mi vista un cuadro pintoresco; veía vacas y toros mugientes, gatos y perros en abundancia, y algunos cerdos hozadores, cosa que me desagradó profundamente; había pájaros de todas las clases, los que se mostraban más amables conmigo, y hasta había un león y dos hienas sonrientes, un buitre y multitud de cucarachas y hormigas que fueron llegando a última hora. Las dos hermanas manores, las silenciosas, eran ovejas y yo mismo pude contemplarme en el espejo convertido en una enorme lechuza blanca, como también me fue dado ver a nuestro pobre asno en trazas de soldado de la corte real, con su casco y con todas sus armas.

Toda la noche fue especialmente alegre y disfrutamos participando activamente en la fiesta; se sirvió vino y fue la hermana mayor la primera en iniciar el baile, tendiendome la mano con una gracia y un donaire que ignoraba dónde había adquirido: Estoy muy contenta, me dijo en un aparte, porque veo el final de vuestro peregrinaje; muy pronto, tú, volverás a tu hogar y veras crecer tus simientes; todo lo que durante este tiempo ha sucedido, será como un sueño lejano, como una extraña pesadilla. . .

Concluida la fiesta, cuando se retiraban los invitados, me dispuse a preparar los enseres para emprender la marcha, empaquetándolo junto con los reglos que a toda costa nos obligaron a aceptar.Antes de ausentarse el muchacho nos hizo la broma de añorar su antigua condición de semoviente, atronando la casa con grandes rebuznos y ayudándonos a llevar el equipaje cargándolo sobre sus anchas espaldas,e imitando el trote como si de un auténtico mulo se tratara. Y hecha esta singular galantería, se despidió de nosotros y se ocultó en la alcoba trancando la puerta.

Los que quedamos fuera nos mirábamos sonriendo, incapaces de hacer ningún comentario. La hermana mayor, con su aire viperino, torciendo el gesto, dijo algo que debía estar cargado de sabiduría, pero que yo no llegué a comprender bien: 

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“La vida resulta a veces tan sorprendente

que por los mismos motivos que la amamos, deberíamos odiarla”.

.

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