♥♥ LA TORRE DE GANDO ♥♥

Entre las varias fortalezas que existieron en Gran Canaria, permanece aún en pie y en relativo buen estado la llamada Torre de Gando. El Torreón actual es una construcción circular que fue levantada y destruida en numerosas ocasiones desde el siglo XIV. Al hablar de la pequeña fortaleza de la bahía de Gando se emplea el término singular. Pero en realidad, a través los siglos XIV y XVII hubo hasta cuatro pequeñas fortalezas. La que se conserva en la actualidad es la quinta de ellas.

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LA TORRE DE GANDO

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La Torre de Gando fue construida hacia el año 1468. Por es época ya habían sido numerosos los intentos de los conquistadores castellanos para invadir la isla  de Gran Canaria, pero siempre habían sido rechazados.

Diego de Herrera, igualmente, después de varios intentos, tomó tierra una de las veces en Agando ( actualmente Gando), acompañado por el obispo Illescas, titular del episcopado de Rubicón, en la isla de Lanzarote, y entre ambos emprendieron la tarea de convencer al Guanarteme de Tilde (actualmente Telde), llamado Ventahore, y a los suyos para que les permitieran radicarse  pacíficamente en terreno Canario.

Ventahore dudó mucho sobre tal proposición. Después de consultarlo con su hermano Egonayga, hombre de naturaleza pacifico y tranquilo, a la sazón Guanarteme de Agaldar (actalmente Galdar), y con sus otros hermanos Grandes Faycanes, sometido al Sabor (consejo de sus Guayres) el asunto. Terminaron por aceptar la propuesta del obispo Illescas, que consistía en ser autorizados para construir un edificio, destinado al culto y a la oración al Dios de los cristianos.

Llevóse a efecto la construcción de dicha torre, en cuyos trabajos participaban con buena voluntad los aborígenes Canarii. Una vez terminada la obra fue inaugurada solemnemente, con grande pompa y le fue asignado un destacamento al mando del capitán español Pedro Chemida, para su conservación y custodia.

Volviéronse Diego de Herrera y el Obispo para Lanzarote, quedando Chemida en Gando a la espera de la ejecución de nuevos planes de dominio, manteniendo buenas relaciones con los canarios y sin ser molestadso por éstos.

Pasado algún tiempo, a medida que las relaciones entre unos y otros se hacían más frecuentes y de mayor confianza, en una de sus correrías, Chemida, con unos cuantos soldados se apoderó de tres jóvenes canarias, hijas de un noble de por aquellos contornos.

No les pareció el método apropiado a los canarios, que reclamaron a Chemida la devolución de las jovenes doncellas, pero este se negó, alegando que ellas habían ido de buen grado en su compañía; que se iban a convertir al cristianismo y habrían de contraer matrimonio con los mejores de sus  hombres solteros.

No convencieron estas razones a los canarios que expusieron sus quejas ante el Guanarteme Ventahore, quien de siempre receloso, ordenó a su lugarteniente el Guayre Maninidra, que rescatara a las muchachas.

La empresa no era fácil, pues los españoles estaban bien armados y pertrechados siendo bastante numerosos.

Diose Maninidra a pensar en cómo llevar a cabo la empresa. Por fin halló la solución, empleando un excelente ardid guerrero.

Dispuso que dos o tres hombres reunieran un rebaño de cabras y pasaran con él por las inmediaciones de la torre, como que iban de paso de un lugar a otro.

Un buen día, al amanecer, los habitantes de la torre se sorprendieron grantamente al columbrar en el horizonte un gran rebaño de cabras apenas conducido por un par de canarios adultos y dos o tres niños. Consideraron la presa fácil y al momento se dispusieron a capturarlo.

Salieron varios hombres bien armados, que se dirigieron hacia donde estaba el rebaño. Los canarios al verles comenzaron a espantar el ganado con grandes gritos para hacerle cambiar de dirección hacia unas lomas próximas. Tras estas, loshombres de Maninidra aguardaban.

Dieron los castellanos en correr tras los que aparentemente huían. Cuando fueron a darse cuenta, al dar la vuelta al cerro, se vieron sorprendidos por la emboscada. Tal maña y rapidez se dieron los canrios en apresarlos, que apenas hubo lucha.

Ordenó Maninidra que varios de sus hombres se vistieran con las ropas de los vencidos y empuñaran sus armas, y que con unas cuantas cabras por delante se volvieran caminando hacia la torre.

Así lo hicieron. Lentamente fueron acercándose al fortín.  Al poco rato Maninidra, con un grueso grupo a su mando, simuló perseguir a los disfrazados que llevaban las cabras. Comenzaron los canarios disfrazados a correr hacia la torre, prorrumpiendo en falsos gritos de socorro e intentando llevar las cabras por delante.

Los de la torre creyeron interpretar fielmente cuanto veían y se dispusieron a aprestarse a la defensa, pero procurando antes abrir las puertas para que los fugitivos pudieran salvarse de sus perseguidores. El resultado ya se lo pueden ustedes imaginar.

Los canarios disfrasados, irrumpieron en la fortaleza, atacando a sus defensores, mientras el resto, al mando de Maninidra, hacia lo demás.

Cuentan las crónicas que no quedó piedra sobre piedra y que Pedro Chemida y los que salvaron sus vidas en el combate, fueron capturados y hechos prisoneros.

Afortunadamente en aquellos tiempos, aunque no exentos de crueldad ni de malicia, los intérpretes de esta historia llegaron a reconciliarse. Chemida y los suyos, más adelante, fueron de vueltos a Lanzarote.

El valeroso Guayre Maninidra fue intérprete de otras muchas acciones y estratagemas urdidas contra el invasor, demostrando una rara habilidad y una inteligencia fuera de su época, esto es, muy adelantada para su tiempo y poco común dentro de la mentalidad sencilla e intranscendente de sus hermanos de raza.

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 VENTAGAY

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Es quizás la personalidad del valiente Ventagay, noble Guayre del guanartemato de Tilde (actualmente Telde), una de las más simpáticas y atractivas de la historia canaria.

Por su ingenio, por su astucia, por su incuestionable valor, adquirió Ventagay fama de guerrero entre los guerreros y de valiente entre los mejores.

Cuenta la tradición que este guerrero se anticipó en siglos a los grandes estrategas de la Historia, y por los relatos que nos han dejado algo hay de verdad en esta tradición.

No existe un completo acuerdo en cuanto al verdadero nombre de este caudillo canarii (canario). Estiman algunos que el nombre de Ventagay correspondía no a su persona, sino a su señorio y que de esta misma denominación o toponimia se deriva la batalla que conocemos con ese nombre, por cuya repercusión este Guayre hubiera sido apellidado Ventagay. Naturalmente, no pueden faltar los que opinan todo lo contrario, afirmando que tanto el nombre de la batalla como el del lugar donde la misma se desrrolló, tomaron para la posterida del nombre de quien de una manera tan destacada y valerosa la protagonizara.

Uno de los factores que más decisivo influjo ejerció en el ánimo de los canarios, no fue precisamente la esforzada condición y el aguerrido valor de los hombres castellanos, que era mucho y digno de tenerse en cuenta, sino simplemente un factor animal y telúrico: el caballo.

Pasada la prinera sorpresa en que con motivo de la confusión, se tejiera por los canarios en torno a los hombres de a caballo, la más variada gama de historias y de mitos, diéronse cuenta los canarios de la dificultad que había para atacar a los invasores, atrincherados generalmente en lugares llanos, debido a lo peligroso que resultaba acercarse a sus posiciones, porque una vez en contacto, los españoles sacaban su caballería y el recurso de la retirada, ágil y veloz, después del ataque, ya no era posible, puesto que los caballos eran muy rápdios.

Porque al principio, cuando los extraños que arribaban a estas costas desembarcaban sin sus caballos, las cosas se habían sucedido de otro modo, y cuando los atacados por los ágiles nativos, trataban de reaccionar, los aborígenes, más veloces  y conocedores del terreno, les burlaban casi siempre, ponièndose fuera del alcance de la superioridad de sus armas.

De aquí que cuando Juan Rejón desembarca por primera vez un reducido número de caballos en esta isla, en la que antes todos los intentos de invasión se habían estrellado contra la obstinada y eficiente resistencia de sus habitantes, por primera vez también la suerte de las armas castellanas comienza a ser propicia iniciándose la conquista definitiva de tan codiciado suelo.

Pero una vez derrumbado el mito de los centauros y pasada la primea sorpresa de los canarios, comprendiendo éstos el enorme valor estratégico de aquel desconocido animal, concentraron su ingenio y sus esfuerzos a buscar la manera de destruir aquellos animales, única forma de poder equilibrar un poco con su mayor número la superioridad del armamento español.

Fue Ventagay uno de los que con más ahínco intentó poner en práctica cuanto ardid pudo para matar caballos.

En una ocasión y con objeto de documentarse adecuadamente sobre las costumbres y movimientos del Real de Pedro de Vera, Ventagay se introdujo como voluntario en el recinto enemigo, haciéndose bautizar y permitiéndoles creer que quería abandonar su vida salvaje e incorporarse al mundo civilizado.

Consiguió así permanecer unos días dentro del Real, estudiando los movimienos de aquella gente extraña, su lengua, sus constumbres y todo lo que se relacionaba con el arte de la guerra.

Observó cómo por las noches la mayoría de los soldados se iban hacia la costa a pescar y mariscar, para su sustento, dejando el Real casi desguarnecido. Otros grupos se acercaban furtivamente a las poblaciones inmediatas tratando de sorprender algún rebaño para apropiarse, por las buenas o por las malas, de algunas cabras u ovejas. Se fijó igualmente en el régimen y la disciplina militar que observaban aquellos hombres y poco a poco en su mente astuta fue perfilándose un plan.

Atacaría por dos frentes distintos. Primero enviaría un destacamento por la parte de tierra, que actuaria con el mayor alboroto posible, una vez anochecido. Como la mayoría de los soldados estarán fuera del Real, pescando, el ataque resultaría más eficaz. Entonces, pensabaVentagay, serían llamados con urgencia los ausentes, que acudirían presurosos a reforzar a los atacados. En este momento era cuando él proyectaba en entrar en acción, atacando con otro grupo de hombres, que se aproximaría sigilosamente, amparado por la noche, por la costa, para cortar el paso a los que regresaban y caer a la vez sobre la parte más desguarnecida del Real.

Huyó del Real y una vez con los suyos propuso al Guanarteme Doramas su plan, que fue inmediatamente aceptado y puesto en práctica. Pero. . . aunque Ventagay era una mente anticipada a su epoca, no lo eran, por desgracia, sus compañeros de acción que no respondieron con exactitud a los planes cuidadosamente trazados por él.

La noche del atraque, el grupo que había de atacar por tierra, se retrasó y fue descubierto. En el tumulto que siguió al regreso de los soldados que habían salido a pescar, Ventagay creyó perccibir la algaravía del ataque de los suyos y atacó a su vez, sin contar con la prudencia guerrera de Pedro de Vera, que sospechando hasta de su propia sombra, tenía dispuesta una fuerte vigilancia y aprestado sus hombres a la defensa, por lo que Ventagay fue duramente recibido, finalmente rechazado y persegido.

Desde aquél día Pedro de Vera ordenó que la llegar la noche ningún soldado saliera del Real para pescar o mariscar en las proximidades de las costas, terminándose así la tradicional pesca nocturna, que en lo sucesivo se haría de día y bajo una fuerte vigilancia de soldados que protegían a los que pescaban o mariscaban.

Ventagay no había quedado satisfecho. Esta vez prefirió hacer las cosas él solo, acompañado únicamente por un amigo, que le ayudó a subir la escala de madera, por la cual trepó para saltar la pared del Real, en una noche oscura. Conocedor de la plaza, una vez dentro, se dirigió a las caballerizas, logrando dar muerte a los caballos con un afilado cuchilo. Tuvo, al ser descubierto por el caballerizo, que ultimar a éste  también de feroz puñalada. Huía ya, dispuesto a saltar el muro, cuando un soldado se apercibió y creyéndole un desobediente incumplidor de la orden citada de no salir de noche, le lanzó una pedrada que descalabró a Ventagay que, afortunadamente, cayó al otro lado de la muralla, donde fue recogido por su amigo y pudo huir.

Se había salido con la suya. Había dado muerte, al huir, a los caballos que en muchas ocasiones, hubieran bastado para hacerles perder a los canarii o canarios una batalla, con la singularidad, en esta ocasión, de que los cuadrúpedos eran precisamente los usados por el Gobernador del Real en sus correrías.

Otros muchos episodios se cuentan de este valeroso guerrero, Ventagay entre los muchos recursos y estratagemas que puso en práctica, rememoró el ardid de que el Guayre Maninidra había empleado en el episodio de la destrucción de la Torre de Agando, usando como cebo un atractibo rebaño que hizo caer a los castellanos en la celada. En otra oporunidad atacó a sus enemigos fortificados a la orilla del mar, mediante un plan anfibio, cayéndoles por la espalda al surgir improvisadamete de las azules aguas del mar, dirigiendo un grupo de expertos y aguerridos nadadores.

Por desgracia no se han conservado para la historia datos sobre la ulterior suerte de este singulas Guayre Canarii.

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Leyendas de las Islas Canarias

Jose Manuel G. y Garcia de la Torre

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