♥♥ LEYENDAS DE LAS ISLAS CANARIAS ♥♥

Aquí les dejo unas historias que quiza les puedan dar

una pequeña visión de la vida de los aborigenes canarios.

Estos datos han sido sacados de textos de los antiguos escribanos

que recogían lo acontecido en aquellos tiempos.

Espero que estas  historias de mis antepasados les hagan pasar una lectura agradable,

y como dijo  Francisco de Quevedo…

“Es preciso decir lo que fuimos para disculpar lo que somos y encaminar lo que pretendemos ser”

A N D A M A N A

REINA  DE  TÁMARANT

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Andamana también llamada Atidamana es un personaje mítico-histórico que vivió en el siglo XIV, en Támarant, en la actualidad isla de Gran Canaria.

Antes  de que ejercitos de hombres aventureros iniciaran los primeros acercamientos y llegasen a los abiertos litorales del Archipiélago Canario, justo en su centro geográfico, sobre las aguas del Alántico plácido, fuera de las cartas de navegación de la época, lejos de la Inquisición y de los usos medievales, detenidas en el tiempo y envueltas en un halo de felicidad primitiva, se alzaban las cumbres de Támarant. Con este nombre reconocian los Canarii (aborigenes prehispánicos de Gran Canaria), a la tierra que los veía nacer, crecer y morír.

En sus privilegiadas tierras, en las que  fenicios, griegos y romanos creyeron haber encontrado el paraíso terrenal, se desarrollaba la vida de una civilización, cultúra tribal, agrícola y ganadera, cerrada sobre sí mísma, perpetuada durante siglos a causa del aislamiento insular. Los distintos pagos del territorio de Támarant, separados entre si por agrestes y escarpados terrenos, horadados por profundos barrancos y cubiertos de tupidas selvas, propiciáron el desarrollo paralelo e individual de los diferentes grupos que poblaban la isla, cada uno con su propio jefe, quien sólo rendía vasallaje a Alcorán, el dios común para todos los aborígenes. En medio de este contexto y en esta cultura súrge la figura de  Andamana.

La leyenda se recrea en describirla como una mujer de asombrosa belleza. Pero no era, este, el rasgo que la distinguía. Las crónicas de los conquistadores nombran a menudo la gran belleza de las mujeres aborígenes, característica que se ha perpetuádo hasta nuestros días. Lo que realmente distinguía a Andamana eran sus dotes extraordinarias y fuera de lo comúm. Era una visionaria adelantada a su tiempo. Estadista, diplomática, con don de gente. Atesoraba divinos conocimientos sobre plantas e infusiónes curativas. Presentía la acción de las fuerzas de la naturaleza con un instinto animal. Y, además, era turbadoramente hermosa.

En un pueblo primitivo, con limitádos conocimientos transmitidos de generación en generación sin cambios, sin poder regenerarse con aportaciones de otras cultúras, este compendio de aptitudes superába los cánones de lo considerado normal y terreno. Por ello, sus consejos se convirtiéron en “palabras sabias” para los contemporáneos. Entre el pueblo sencillo y la raza noble empezó a crecer un respeto hacia sus palabras y una sincera admiración por la mujer que las pronunciaba.

En los hombres jóvenes se despertó la pasión. La de los plebeyos como sentimiento utópico. En los nobles, valientes guerreros, era el fuego que alimentaba las ansias de alcanzar el paraíso a través de su prestigio como caudillos. En el pueblo reinaba la armonía, y mientras sus consejos fueron escuchados, nunca llegó a arraigar el mal espíritu que provoca los conflictos. Pero esta situación parecía no gustarle a cierto grupo de aborigenes, de miras estrechas y amplias envidias. Y la semilla de la calumnia empezó a extenderse como la mala hierba. Esta labor,constante, consiguió los efectos que buscaba. Y Andamana perdió parte del prestigio que tenía en algunos de  predios de Tamarant. Pero ella no había cambiado, y en el reino de Gáldar se la quería, respetaba y amaba con pasiones esperanzadas.

El jefe de Gáldar se llamaba Gumidafe. Era el más valiene guerrero y fiel devoto de Andamana. Todos los días, desde que los primeros rayos de Magec ( el sol para los antiguos canarii) empezaba a sacar de las penumbras a los valles y riscos, hasta que el alargamiento de las sombras de las cumbres se confundía con la más completa oscuridad, Gumidafe soñaba con desposar a la única mujer que para él existía en toda la isla.

En el sentir de Andamana, llegó el día en que las contínuas calumnias revosaron los cauces de su amplia paciencia. Y entonces concentró todo su poder mentál en planear el desquite. Calibrando sus poderes comprendió, que uniéndolos a la fuerza acaudillada por un jefe valiente y respetado, ninguna tribu de la isla podría resistirse a rendirles pleitesía y vasallaje.

Gumidafe fue el elegido por destacar entre todos los jefes, por su valor sin límites, por su nobleza, y por la completa entrega que anunciaba su amor. Y juntos, inteligencia, belleza y capacidad persuasiva, constituyeron un perfecto engranaje que generó un ejército con poder de atracciòn y una eficacia aplastante.

Uno tras otro, sin poder oponer resistencia, todos aquellos que ofendieron a Andamana, pasaron con rapidez de ser enemigos de los recién casados, a tener que humillarse, rindiéndose ante aquella a la que calumniaron sin razón. Con las conquistas imparables aumentó su prestigio y poder.Y mucho antes de lo que el más audaz de los ancianos hubiese pronosticado como tiempo necesario para conquistar sólo algunos de los más débiles cantones de Támarant, su territorio copleto quedó bajo el mandato de sus nuevos monarcas.

Y cuenta la leyeda que fueron años felices, años de estabilidad y progreso, en los que el destino del pueblo se regulaba por medio de un órgano consultibo formado por los Guaires (nobles, representantes de cada tribu de la isla) reunidos con sus monarcas en el  Sábor (o su asamblea).

Gumidafe y Andamana engendraron a Artémi Semidan, con el que iniciaban la dinastía que perpetuaría el reinado único sobre la isla o”Guanartemato”.  Artémi heredó muchas de las cualidades de sus progenitores e intentó poner en práctica sus enseñanzas para el bien de sus súbditos. Pero, la llegada de los primeros conqistadores, truncó sus planes sociáles y dinásticos arrebatándole la vida. Pero esto es tema para otras larga historia.

La figura de Andamana constituye un claro ejemplo de como se entremezcla la referencia histórica con la pura leyenda en los personajes de nuestra tradición prehispánica. El efecto brutal que la acción de los conquistadores ejerció sobre la cultura aborigen, provocó su práctica desaparción, dejándonos con un sentimiento de orfandad ancestral. El desoe de recuperacion de esa culturua, fiel reflejo de la obetención de la madurez de una sociedad que busca sus orígenes, raíces y tradiciones, ha llevado a muhcos investigadores a rellenar episodios oscuros o poco claros de nuestra historia, con leyendas heróicas que forman parte integrante de nuestro acervo cultural.

Andamana, realidad o leyenda, merecía este recuerdo por su importancia como personaje de nuestro pasado. Bajo su tutela, apoyada por las huestes guerreras de su esposo Gumidafe, se unificaron toda las tribus de la isla. Y las supo gobernar, dotándolas de una organización estable que sólo pudo ser alterada por la intervención de una fuerza invasora, extrajera y mejor armada, que, a lo largo del sigloXV, acabaría con la conquista de la isla por los europeos y con  la pérdida para los aborígenes isleños de su bien más querido, más que sus vidas, su liberta.

EL  ARBOL SAGRADO GAROÉ

Cuentan las crónicas que en tiempos de la conquista hubo en la isla de Hero (Hierro), un árbol al que los naturales llamaban Garoé, y no conocían los estudiosos otro árbol similar en todo el archipiélago o tierra conocida. Este era capaz de destilar el agua de las brumas que llegaban a él, por sus grandes hojas, siendo esta recogida en unas oquedades hechas en el suelo por los bimbaches (antiguos herreños). No había más agua en Hero que la que destilaba el Garoé. Era por ello que los bimbaches adoraban a este árbol como si de un dios se tratase, velando siempre por su bienestar y seguridad. No obstante cuando vieron llegar a los conquistadores al puerto de Tecorone (hoy de “La Estaca” ) temieron por su propia libertad y reúnen en Tagoror a toda la isla, pues no era la primera vez que los barcos piratas llegaban a aquellas islas para diezmar a su población vendiéndola como esclavos en países allende el mar. En dicha asamblea se llega a la resolución de que se deben cubrir las copas del Garoé para que no sea descubierto por los extranjeros, ya que de no encontrar agua posiblemente se fueran, abandonando la empresa de conquistar la isla.
Todo se hizo según lo acordado, y habiendo guardado reservas de agua lo suficientemente importantes como para no volver al Garoé en varias semanas e imponiendo la horca a quien revelase tan preciado secreto, vieron como la expedición franco-española de Maciot Bethencourt comenzaba a sufrir las penalidades de la sed. Fue entonces cuando una aborigen, Agarfa, se enamoró de un joven andaluz de dicha expedición, y dejándose llevar por el amor que le profesaba reveló el valioso secreto del Garoé sin pensar que con ello estaba condenando a todo su pueblo a perder la libertad. Estando Maciot al tanto de la buena nueva, sabía que la conquista de la isla estaba próxima. Por contra los bimbaches, viendo como su árbol sagrado estaba en manos extrañas decidieron ajusticiar a Agarfa, secuestrándola del campamento extranjero en donde se encontraba, ahorcándola al alba del día siguiente.
Días más tarde Armiche ( Mencey, Rey de Hero ) rinde homenaje al conquistador Maciot de Bethencourt y al poco tiempo fue cautivo junto a sus más fieles vasallos, marchando con él, la libertad y majestad del último mencey de Hero.

  GARA  Y  JONAY

Según la leyenda en la Gomera, existían entonces, siete lugares de los que emanaba agua mágica y cuyo origen nadie conocía. Estos siete chorros, aparte de regalar virtudes revelaban también, cuando te mirabas en sus aguas, si ibas o no a encontrar pareja. Si el agua era clara, el amor llegaría, pero si se enturbiaba, poco había que esperar. Se aproximaban las fiestas de Beñesmén y un grupo de jóvenes gomeras acudieron a Los Chorros de Epina para mirarse en él. Entre ellas se encontraba Gara, princesa de Agulo. Se asomó y al principio le devolvió una imagen tranquila y perfecta, pero luego surgieron sombras y comenzó a agitarse… Gerián, el sabio del lugar, le hizo una advertencia: “- Lo que ha de suceder ocurrirá. Huye del fuego, Gara, o el fuego habrá de consumirte”. Gara calló, pero el triste presagio corrió de boca en boca.
      En las vísperas de las fiestas, llegaron de Tenerife los Menceyes y otros nobles. El Mencey de Adeje venía con su hijo Jonay, joven fuerte y apuesto. Gara no podía dejar de observarlo, y en cuanto sus miradas se encontraron, el amor los atrapó sin remedio. Poco después, aún en fiestas, su compromiso fue público. Pero he aquí que en cuanto se empezó a propagar la feliz noticia, El Teide, antes conocido como Echeyde (infierno), empezó a escupir lava y fuego, con tanta fuerza que desde la Gomera el espectáculo era aterrador. Recordaron el presagio dado a la inocente Gara: Gara, princesa de Agulo, el lugar del agua; Jonay, puro fuego, procedente de la Isla del Infierno… Aquel amor era entonces, imposible. Grandes males se avecinaban si no se separaban. Entonces sus padres ordenaron tajantemente que no volvieran a verse. Ya apaciguado el volcán, y concluidas las fiestas, regresaron a Tenerife todos los visitantes, más uno se fue con el alma vacía y el pecho quebrado.
     Cuentan que Jonay se lanzó al mar en medio de la noche, para nadar hasta su amada. Dos vejigas de animal infladas atadas en la cintura le ayudaban a flotar cuando las fuerzas se le agotaban. Larga fue la travesía y ya con las primeras luces del alba llegó a su destino. Furtivamente fue en busca de su amada, y al encontrarse, se abrazaron apasionadamente. Escaparon por los bosques gomeros y bajo un cedro se entregaron a la pasión y al amor. El padre de Gara, enterado de la huida de su hija, salió furioso en su busca. Los encontraron amándose, y cuando los jóvenes se percataron de su presencia, buscaron la única salida posible… Una implacable vara de cedro afilada, colocada entre ellos, uniendo sus corazones fue su aliado mortal. Mirándose a los ojos, se apretaron el uno contra el otro, traspasándose y dejándolos unidos para siempre”. Gara, princesa del agua, y Jonay, príncipe del fuego, dan nombre hoy a la cumbre más alta de la Gomera y al Parque Nacional de Garajonay.

   LA  REINA  ICO

Zonzamas reinaba en Lanzarote cuando llegó a la isla una embarcación española al mando de Martín Ruiz de Avendaño. Al ver la nave a distancia los isleños se aprestaron para el combate. Transcurrido el tiempo, Ruiz de Avendaño decidió ir a tierra en son de paz, llevando consigo un gran vestido que regaló al rey como muestra de amistad. Zonzamas aceptó el regalo y, en muestra de amistad, entregó al recién llegado ganado, leche, queso, pieles y conchas, invitándolo a descansar en su morada de Acatife. Allí eran esperados por la reina Fayna y sus hijos, Timanfaya y Guanareme. Como huésped de los reyes pasó Avendaño varios días en Mayantigo. Mas tarde retornó a su barco y partió.
    A los nueve meses la reina Fayna dio a luz una niña de tez blanca y rubios cabellos, a la que puso por nombre Ico. El pueblo murmuraba y renegaba de la princesita y de su origen. Así transcurrió el tiempo, y la niña creció sana y hermosa al cuidado de Uga, su aya. Transcurrido el tiempo Zonzamas y Fayna murieron. Los Guaires, reunidos en asamblea, proclamaron rey a Timanfaya. Con el paso de las estaciones Ico se fue convirtiendo en una bella joven. Guanareme se enamoró de ella y acabó por hacerla su esposa. Tiempos después otras naves vizcaínas y sevillanas llegaron a las costas de Lanzarote en busca de esclavos. Los lanzaroteños se aprestaron para la defensa. En la lucha muchos isleños murieron, otros fueron hechos prisioneros y encadenados como esclavos para ser vendidos en la Península. Entre estos últimos estuvo Timanfaya.
   Desaparecido el rey, los guaires se reunieron otra vez para elegir nuevo soberano. Este debía de ser Guanareme, pero nadie osó pronunciar su nombre, pues si era elegido su esposa, Ico, debería ser reina y su nobleza, origen y sangre eran discutidos. Su piel y sus rubios cabellos recordaban demasiado la lejana llegada de Ruiz de Avendaño y si Ico no era hija de Zonzamas, no podía llevar la corona, así que tuvo que huir.
   Deliberaron largamente los Guaires. Finalmente decidieron que, para llegar a la verdad, la princesa fuese sometida a la prueba del humo. Quedaría encerrada en una cueva acompañada de tres mujeres no nobles. Después se llenaría el aposento con un humo espeso y continuado; si la sangre de Ico no era noble, perecería como las otras mujeres. Si sobrevivía sería signo inequívoco de su nobleza. El día siguiente sería testigo de la prueba. Por la noche Uga, la niñera de Ico, la visitó con el pretexto de animarla, pero nada más quedar a solas, la vieja aya le dio una esponja a la princesa diciéndole que al llegar la hora de la prueba, la empapara de agua y la pusiera en su boca, con lo cual saldría viva de la cueva. Ico hizo caso. Cuando fue abierta la cavidad las tres mujeres villanas yacían muertas, mientras que ella salió con vida. En Adelante sus súbditos no dudaron de su nobleza.


 LA PRINCESA GUAYANFANTA

Si especiales características y nobles virtudes adornaron a los varones de la raza aborigen canaria, no podemos decir menos de sus mujeres, algunas de las cuales, como ha acontecido siempre, ejercieron un influjo notable en los avatares de la Conquista, retrasando unas veces y acelerando otras el curso de la misma. Siempre ha sido la mujer el primer móvil en la vida del hombre, y no podía en este caso constituir una excepción de la regla, la presencia de la mujer aborigen en la epopeya canaria.

El hombre aborigen de las islas canrias era por naturaleza noble y pacífico pero cuando la nobleza dió paso a la astucia o al ardid y su pacífica forma de ser diera paso a la cólera o a la violencia, casi siempre fué debido a una reivindicación de tipo moral o de honor, al sentirse defraudado, y no a un movimiento hostil o de incompatibilidad con los invasores. Vasíos de maldad, acostubrados al cotidiano vivir común y fraterno, hospitlarios por encima de todo, de buenos sentimientos, acogieron al extraño como a hermano y sólo cuando vieron que trataban de someterles a una servidumbre, que les cercenaba sus posesiones y libertades, reaccionaron con violencia.

Las mujeres, ¿ qué hacían en caso de guerra?. En estos casos los más ancianos hombres o mujeres, inútiles para la guerra, los niños, las mujeres embarazadas y los enfermos, así como aquellos que hubieren sido destinados para la custodia y mantenimiento, se retiraban a los más recónditos parajes, en donde había de permanecer hasta el final de la lucha. El resto de la gente, útil para el combate, iba toda en tropel al campo de batalla, y las mujeres tomaban parte en la misma con la eficacia de veteranos soldados. Solamente no intervenian éstas cuando el litigio se dirimía mediante combate concertado entre campeones de uno y otro bando. Las mujeres tenían prohibído participaran en estos actos.

 Es probable que la fortaleza de la mujer canaria dependiera además de las cualidades físicas de su raza, de la vida al aire libre en parajes regalados con tan buen clima, y en otros casos influía también lo accidentado del terreno que las obligaba a realizar grandes esfuerzos físicos, cuyo ejercicico contribuía a un deportivo desarrollo.

Aparte de sus ocupaciones habituales, de labores en la casa o en el clan, y de otros menesteres propios de las mujeres, participaban también en la tarea de adiestrar a sus pequeñuelos, junto con sus propios maridos o bien cuando éstos se hallaban ausentes por algún motivo.

Tomaban parte en las faenas de la pesca, pues eran unas excelentes nadadoras. También intervenían en las labores agrícolas, allí donde esta actividad se desarrollava, dejando a los hombres la tarea de sembrar, encargándose ellas del cuidado de las sementeras y de la recolección de los fruos, así como de las raíces y productos necesarios para fabricar los sines con que despues adornarían sus vestidos y pertenencias.

Pero aquí lo que nos interesa es efocar esa personalidad combatiente y aguerida de la mujer canaria, por ello aquí les cuento la historia de la pirncesa Guayanfanta…

Guayanfanta era hermana del cacique Mayantigo, señor de Aridane ( Isla de La Palma). Era esta princesa una mujer hermosa. Alta, fuerte, bien proporcionada. Su bronceada tez, curtida por mil soles y vientos, contrastaba con unos ojos claros, de dulce pero firme mirada. Una negrísima cabellera suave y brillane se desparramaba por encima de sus hombros, con la majestuosidad de un manto real. Era, en efecto, una verdadera princesa.

Habíendose casado con el afamado Chioare,  joven de singular destreza y bella estampa varonil, era hombre de confianza de su cuñado Mayantigo.

No había tenido este matrimonio descendencia y quizás esto hubiera sido el motivo por el cual ambos esposos se pudieron dedicar con una mayor intensidad tanto al ejercicio de las armas y los más rudos deportes, como a la práctica de múltiples obras de caridad y ayuda entre sus hermanos de raza, por lo cual eran muy estimados y queridos entre su pueblo.

Pero la felicidad no podía ser eterna. Un aciago día Chioare caía muerto en un combate contra los enemigos, que venidos de tierras extrañas, pretendían arrebatarles sus idílica paz. Sobre su cadáver, incapaz de contener sus lágrimas, pero con un firme gesto de resolución en su bello rostro, Guayanfanta habíase prometido a sí misma, consagrarse a la defensa de su pueblo y no descasar en la lucha hasta ver alejado para siempre al invasor.Para el tiempo en que se refiere esta historia, la princesa contaba ya alrededor de los treinta y cinco años, hallándose en la plenitud se su vigor físisco y de la animosisdad contra los enemigos de su pueblo.

En uno de los desembarcos efectuados por los españoles por los terminos del cacique Mayantigo, habíase aprestado éste a la defensa. Naturalmente allí estaba Guayanfanta, como un bravo más, en el lugar que otrora ocupara su inolvidable Chioare.

La escaramuza fue dura y violenta. En aquella oportunidad la fortuna volvía sus espaldas a los nativos que se vieron seriamente comprometidos.

Considerandose perdida y dominada por el ardor de la refriega. Guayanfanta apresó a uno de los soldados enemigos, con  todo su vigor, y sujetándole por debajo del brazo, trató de huir con él en volandas hacia un próximo risco, con la idea de lanzarse al abismo en compañía de aquel enemigo para que su muerte  fuera al menos compensada de alguna manera.

Por forutna, los compañeros de ésta se dieron cuenta del rapto, logrando apoderarse de Guayanfanta y arrebatarle la presa. Mas como ella insistiera en su intento de lanzarse al abismo, no encontraron mejor solución que herirla en ambas piernas, para que no pudiera caminar, no contándonos la Historia el tiempo que tardó en reponerse de ello, ni si en lo sucesivo empleara en mejores empresas sus bélicas artes.


 TENESOYA GUAYARMINA

La princesa Tenesoya Guayarmina era hija del Guanarteme de Gáldar, Egonayga Guachisemidan que más tarde pasaría a la Historia con el nombre de Fernando Guanarteme. Fué educada Guayarmina como correspondía a los hijos de la clase noble y casta real, que difería sensiblemente de la impartida a los de la plebe o clase llana.

En la época que precedió, después de la muerte de Doramas en Arucas, a manos de Pedro de Vera, a la derrota de Egonayga en Gáldar y su ulterior prisión. La muerte de Doramas planteaba un serio problema a la gente de Telde, que quedaba así sin cabeza.

Las cicunstancias bélicas que presidieron las actividades comunes del pueblo canario por aquellos días, habían sembrado gran confusión entre los grupos del guanartemato del extinto Doramas y las ambiciones se habían desatado en torno a la sucesión.  Sin embargo, parecía prevalecer el criterio de un valiente guerrero llamado Taxarte, quien preconizaba el establecimineto de la unidad canaria de los tiempos de la reina Atidamana.

Pretendía que ambos guanartematos, el de Telde y el de Gáldar, pasaran a manos de Ventajuy, hijo del fallecido Ventahore, Guanarteme de Telde, que al morir no había dejado hijos mayores para sucederle, razón por la que Doramas se impuso, en su condición de sobrino como sucesor. A la reinvindicación de esta pretendida usurpación, agregaba  Taxarte la favorable circunstancia de haber sido preso y conducido a la Peninsula, para su presentación en la Corte, el Guanarteme de Gáldar, por lo que ambos guanartematos se hallaban acéfalos, reinando una gran anarquía entre las gentes canarias, pese al esfuerzo de los guayres y faicanes por conservar el control y la unidad.

Ventajuy Semidán era a la sazón un joven de escasos veinte años. Por su valor y prendas personales prometía ser todo lo que de él se esperaba. Habíase criado con su tío el gran Faycan Achemagan, hermano de ambos guanartemes, y este joven habíase enamorado de su prima la piencesa Tenesoya Guayarmiana , que para la época tenía dieciocho años, pasando por joven de repuada y extramada belleza. Veían Taxarte y Achemagan con muy buenos ojos estas relaciones, porque ellas facilitaban la unión de los dos guanartematos, por ser Guayarmina hija de Egonaiga.

Después de la batalla de Arucas y de la muerte de Doramas a manos del capitán gobernador Pedro de Vera, decidió éste terminar de una vez para siempre con aquella política de contemporizaciòn y convenios con los caciques nativos, poniéndose a atacar Gáldar, poner preso al Guanarteme Egonaiga y enviarlo a la Península. Así lo hizo. Entre las pesonas que pudierono escapar a esta prisión se halló Tenesoya Guayarina, que recogida por sus parientes fue entregada a su tío Achamagan, circunstancia esta que al aproximar a ambos jóvenes contribuyó grandemente a consolidar su mutuo afecto.

En medio de aquel ambiente impregnado de las más encontradas emociones y sobresaltos, en medio de aquellos días de agonía para un pueblo que luchaba desesperadamente por su independencia, sumergidos en aquellos atardeceres de reflejos sangientos abocados a un amanecer de efímeras esperanzas, sobresaltados por los rumores y por las sombras que los vientos traían arrastrando preñados nubarrones negros presagios, en medio del frenesí, de la lucha y del canto de guerra, Ventajuy y Guayarmina, escriberon para la posteridad de su pueblo la más bella página de una historia de amor, que termianaría con el elevado final de la clásica y suprema tragedia. Fueron innumerables los actos bélicos en los que el joven Ventajuy tomó parte, siempre acompañado y dirigido por el fiel Taxarte.

Regresó Egonaiga de la corte, bautizado y convertido en Fernando Guanarteme, investido con la alta sacrosanta misión de pacificar y convertir a su pueblo. Es indudable que la caballerosidad, las naturales y nobles prendas de este nuevo caballero adalid de la Cruz y de la espada, que fue Fernando Guanarteme, habían de fructificar en un inmediato futuro, dando fin a la tarea conquistadora. Así fue en efecto, Fernando, secundando los directos esfuerzos de Pedro de Vera, intervino como pacificador, no sólo en los conflictos armados de esta isla de Gran Canaria, sino también en el resto de los territorios isleños que quedaban por conquistar, en unión de otros notables guerreros canarios sometidos a la Corona.

Es fácil imaginar el clima de tragedia y de heroísmo que tuvo que suponer para unos y otros, guerreros aborigenes y aborigenes pacificadores, el hecho de encontrarse frente a frente defendiendo respectivamente los más absolutos e irrevocables principios. Cuantas veces, en aquellas confrontaciones, en las que agotados los recursos de la discusión y de la persuasión, se llegaba al uso de las armas, no caerían traspasados hermanos por hermanos e incluso padres contra hijos.

Podemos imaginar lo angustioso de aquella lucha intima y porfunda, de aquella agonizante batalla que en su interior tendría que librar Fernando, enfrentado en su misión pacificadora no sólo con los intereses de su pueblo, sino con la vida de sus propios deudos, como  aconteció ante la últiama y definitiva batalla de Ansite en la que se enfrentaba con su sobrino Ventajuy Semidán y la felicidad de su propia hija Guayarmina.

La batalla de Ansite se localiza entre Gáldar y Tirajana, el día 29 de abril de 1483 y es la culminación de la conquista de Gran Canaria. Habíase atrincherado el resto de la huestes canrias integradas aproximadamente por unos mil hombres y otras tantas mujeres y niños, en los altos de Tirajana, lugar muy propicio para una efectiva y encarnizada defensa. Pero las fuerzas de Pedro de Vera además de ser considerables y estar mejor armadas, habían rodeado las posiciones canarias y el resultado final prometíase muy adverso, aunque probablemente muy sangriento, para la causa de los canarios.

En estas circunstancias, Pedro de Vera solicitó los buenos oficios, como habitualmente solía hacerlo, del viejo, Fernando Guanarteme, quien por última vez en su propia tierra y sobre su propia carne iba a intervenir en semejante desempeño. Los dialogos entre los dos bandos fueron de palabras implorantes unas veces y amenazadora otras, pero siempre afectuosas y persuasorias por parte de Fernando Guanarteme, termiando por fin con el triunfo de las razones de Fernando que, en nombre de la autoriada del Gobernador español, prometió a los canarios todo género de venturas y felicidades y el respeto de vidas y haciendas si se sometían sin pelear.

Pero el Gran Faycan y su sobrino Ventajuy, no aceptaron tal resolución y sin otra alternativa que favoreciera su actitud de intransigente rebeldía, prefirieron la muerte.” Ambos se miraron un momento, sin hablar, sin romper el quieto y espeso silencio que los rodeaba. Se abrazaron, y al grito de ¡Atis Tirma!, saltaron despeñándose en un barranco cercano,  dos mujeres les siguieron prefiriendo la muerte antes que la deshonra de ver a su pueblo sometido. Esta muerte por despeñamiento era muy tradicional entre los canarios.

Hallábase presente Guayarmina, que frustrado su intento de acompañar en la muerte a su prometido, al ser contenida fuermenete por parientes y amigos se reintegró con su dolor al hogar paterno, añadiendo la tradición que su padre la hizo bautiza y tomar el nombre de Catalina. tenía entonces dieciocho años y en aquella alma virgen e inocente habría de quedar grabada para siempre la impronta indeleble de la última gesta que truncaba todas sus esperanzas y escribía la última página, roja y brillante, en medio de la desesperación de su negrura, para aquel pueblo cuyas vicisitudes habían comenzado apenas cien años atrás.

– J.M.G.Y GARCIA DE LA TORRE –

LA  MALDICIÓN DE  LAURINAGA

 En el siglo XV, don Pedro Fernández de Saavedra, fue nombrado señor de las islas Afortunadas en Fuerteventura. Don Pedro, tan conquistador en el amor como en la guerra, cobró fama, nada más llegar a la isla por sus aventuras con las muchachas  aborigenes. Se casó, al poco tiempo de llegar allí, con doña Constanza Sarmiento, hija de García de la Herrera, y tuvo catorce hijos, amén de todos los ilegítimos que sembró por la isla en sus frívolas aventuras.

Con el transcurso de los años, uno de los hijos de doña Constanza, don Luis Fernández de Herrera, se convirtió en un apuesto caballero, heredando todos los defectos de su padre, pero ninguna de sus virtudes. Era altanero, petulante y conquistador; pero cobarde para la guerra. Y le resultaba divertido seducir a las muchachas  aborigenes. En una ocasión, se encaprichó de una bellísima doncella que había sido bautizada como cristiana con el nombre de Fernanda. A la muchacha no le disgustaba la presencia de don Luis; pero no se decidió a poner en juego su reputación accediendo a sus deseos.

Pasaron los meses y el galán siguió acosando a Fernanda, que cada día se sentía más dispuesta para aquel juego, hasta el extremo de aceptar una invitación de don Luis para asistir a una cacería organizada por su padre. Llegado el día, don Luis se las arregló para estar solo toda la mañana con la ya enamorada doncella. Comieron plácidamente a la sombra de un chopo y poco después el joven caballero la invitó a dar un paseo. En animada conversación llegaron a una espesa arboleda cuando ya la tarde declinaba. Don Luis, creyendo que ya había llegado el momento de prescindir de galanteos platónicos, intentó abrazar a Fernanda. Ella trató de defenderse, pero comprendiendo que le sería imposible hacerlo, pidió socorro a grandes voces. Los gritos fueron oídos por los cazadores, y advirtieron la ausencia de la pareja.
Don Pedro montó en su caballo y, en compañía de otros caballeros, picó espuelas para dirigirse hacia allí. Antes de que llegaran, pudo acudir un labrador  aborigen, que al ver la situación de la doncella trató de defenderla de don Luis. Éste, ofendido y molesto, desenvainó un cuchillo, dispuesto a quitar la vida a aquel  aborigen. Pero no fue posible, porque, tras unos minutos de lucha, el labrador pudo arrebatar el arma a don Luis. Iba a clavársela, como venganza, ciego de ira, cuando don Pedro, que llegaba a todo galope y había visto la escena se precipitó con su caballo sobre el campesino que cayó con violencia al suelo y murió en el acto. Entonces apareció de entre los árboles una anciana indígena, madre del labrador, que lanzando una mirada dolorida sobre aquel cuadro, se dio cuenta enseguida de lo ocurrido.

Levantó la cabeza para conocer al causante de aquella muerte, y se encontró con la de don Pedro, el caballero que la había seducido en su juventud y del que había tenido aquel hijo que acababa de morir. La anciana al reconocerle, ciega de indignación, le hizo saber que ella era Laurinaga y que aquel cadáver era el de su propio hijo. Luego, elevando los ojos al cielo, como invocando a sus dioses , maldijo con voz temblorosa y acento grave aquella tierra de Fuerteventura, por ser señorío de aquel caballero don Pedro Fernández de Saavedra, causante de todas sus desgracias.

Dicen que a partir de aquel momento empezaron a soplar sobre aquellas tierras los vientos ardientes del Sahara, que se empezaron a quemar las flores y toda la isla fue convirtiéndose en un esqueleto agonizante, y que según la maldición de Laurinaga, acabará por desaparecer.

LA  LEYENDA  DE  AMARCA

En viejos romances canarios corría de boca en boca la triste historia de Amarca, la celebrada doncella  aborigen. Tan gallarda era su figura, tan peregrina su belleza que llegó a ser envidiada de todas las doncellas. Tenía su morada en las bellas alturas de Icod. Su rústico albergue parecía como un nidal colgado en las crestas de la montaña, para sustraerse a las miradas y a las ambiciones, esas aves rapaces, embaucadoras, que se llevan a las muchachas guapas.

Hasta el rústico hogar de la doncella llegó un día Belicar, el último Mencey , Rey y señor de los dominios de Icod y se quedó atónito y deslumbrado ante la extraordinaria belleza de la joven. Desde aquel día memorable se acrecentó su fama y corrió como fausta noticia por todo el Menceyato. Una condición tenía la moza que contrastaba con lo humilde de su linaje: su natural altivo y desdeñoso. Amarca se veía continuamente asediada de amores por muchísimos hombres y otras tantas veces sembró el dolor y la decepción en sus amantes. ¿ A quién amará Amarca?, preguntábanse intrigada los zagales. ¿Para quién será el corazón de aquella belleza hija del Teide?. Guarecida a las faldas del coloso siempre entre las nieves. Uno de los más aguerridos vasallos del Reino, Garigaiga, el pastor, había enloquecido por Amarca. Ella esquivaba su cariño; repudiaba su pasión local, desenfrenada. Repelía al hijo del Volcán, el de la tez morena y los brazos recios como robles.
Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, una tarde mientras los horizontes se teñían de sangre y el sol moribundo plateaba las aguas del Océano como un riera de luna en una noche de misterio, vió que Garigaiga, en el borde de un alto precipicio, agitaba sus brazos como banderas en la premura. Vió arquear el cuerpo hacia delante, hundir la cabeza sobre el pecho y partir veloz hacia el abismo. La noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes. Las mujeres, culpaban su egoísmo, y a sus desdenes atribuían la muerte del pastor. De pronto Amarca desapareció, nadie sabía cual había sido el destino de la doncella. Sólo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, se hallaba en posesión del secreto.Que no la buscasen más, parecían decir sus labios fríos y trémulos plegados para siempre, y el anciano aquél lo contó todo. Una semana al brillar los primeros destellos del sol, vió que Amarca se arrojaba al abismo, y después de luchar con el bravo oleaje, se la llevaba mar adentro una ola alegre y corretona como un niño.
Era la época del “Beñesmén”, de la sazón y de la riqueza de las mieses, eran los días de placidez y de luz, y todo se sumió en sombras y lágrimas… Amarca había aparecido muerta sobre las arenas de la playa, la habían matado un remordimiento muy hondo. El Mencey Belicar mandó que se cantasen tristes endechas; que se encendiesen luminarias en los cerros, y que los más fornidos mozos, como real costumbre en los días aciagos, azotasen con sus varas las aguas del mar. Mandó también que se ungiese su cuerpo con los más olorosos perfumes, que no en vano era la flor más preciada de la comarca.

Al cabo de los años cuando algún nocturno caminante cruzaba las cumbres del Teide, un lamento extraño escalofriante, le detenía acongojado. Era una voz débil, apagada, dolorida, que parecía surgir del fondo del barranco. Era aquel mismo clamor de súplica, de pena, de trágica agonía que tantas veces balbucearan los labios febriles de Garigaiga, el loco:

“Amarca…… amada  Amarca”.

EL DRAGO MILENARIO

 Una tarde en la remota antigüedad, cierto navegante mercader llegaba de las costas mediterráneas en busca de sangre de Drago producto muy en boga y de gran importancia en la elaboración de ciertas preparaciones de la farmacopea, y desembarcó por la playa de San Marcos, de Icod de los Vinos para llevar a efecto su lucrativo propósito. Estando ya en la playa sorprendió allí a unas infantas o damas de esta tierra, que conforme al rito tradicional se bañaban solas en el mar aquella tarde veraniega. El intruso navegante las persiguió, logrando apoderarse de una de ellas. Esta trató astutamente de conquistar el corazón del extraño viajero para lograr huir, y con signos de consideración y amistad le ofreció algunos hermosos frutos de la tierra.

Para aquel navegante que venía detrás de la sangre del Drago, y traía metido en la imaginación y en el alma el mito helénico de las Hespérides, los frutos que aquella dama de esta tierra le ofreciera, pudieron muy bien parecerle las manzanas del mítico jardín. Mientras él comía gustosamente desprevenido, la bella aborigen saltó ágil al otro lado del barranco, y velozmente huyó hacia el bosquecillo cercano escondiéndose tras la arboleda. El viajero sorprendido en principio trató de perseguirla de cerca, pero vio con sorpresa que algo se interponía en su camino, que un árbol extraño movía sus hojas como dagas infinitas, y que el tronco parecido al cuerpo de una serpiente se agitaba con el viento marino y entre sus tentáculos se ocultaba la bella doncella guanche.

El navegante lanzó un dardo que llevaba en sus manos, contra lo que a él se le figuró un monstruo, con gran miedo y asombro y al quedarse clavado en el tronco, del extremo de la jabalina empezó a gotear sangre líquida del Drago. Confuso y atemorizado el hombre huyó laderas abajo, se metió en su pequeña barca y se alejó de la costa; porque iba pensando en su corazón, que había sorprendido en el jardín a una de las Hésperides a la que salió a defender el mítico Dragón…

CATHAYSA 

LA NIÑA GUANCHE

La gueldara en Acentejo el engodo en Candelaria,
primero llegó la cruz y después las espingardas,
el valeroso Bentor se derriscó por Tigaiga
y callaron los Verdinos, y enmudecieron las Chácaras,
y sangraron los mocanes y se secó la cebada,
y las abejas se fueron y se espantaron las cabras,
no quedó sino el coraje de una isla y de una raza
y una infinita querencia:

Nacer, vivir y morir sin cadenas castellanas.

Se la llevaron los invasores cuando venía de la montaña
con su carguita de til y brezo camino abajo por la quebrada,
se la llevaron de anochecida a la guanchita de Taganana
y el manojito de leña seca desbaratado quedó en Anaga.

Juguete de algún marqués, menina de alguna dama,
sierva de grandes señores en algún lugar de España,
Cathaysa la niña guanche no verá más Taganana.

Un gran silencio creció en la cumbre…

un aire helado bajó a la playa,
así de mudo se quedó el monte

Así de fría se quedó el agua.

– Pedro Guerra –

comentarios
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