* NOS HA NACIDO UN NIÑO *

Angeles (1)

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Habiendo sido testigo yo,  José,  de ciertos hechos gloriosos para el pueblo de Israel

y para la manifestación de su grandeza entre los gentiles,

quiero dejar puntual constancia de todos ellos,

los que yo vi, escuché y presencié como elegido del Altísimo,

y a vosotros confío el anuncio de esta verdad eterna, para ejemplo de todos.

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* JOSÉ Y MARÍA CAMINO DE BELÉN. . .

Hace tiempo, como muy bien sabes, toda mi vida la estoy dedicando a tu guarda, como el sumo sacerdote me encomendó. Por ti he abandonado mi hogar, mi trabajo, el amor de los míos, y aquí me tienes peregrinando solo, sin más amparo que la estrella muda de la noche.

Con estas palabras María pareció aliviada, sonrió. Me tendió sus manos y oprimió las mías con toda su fuerza:  No olvides lo que voy a decirte, recuérdalo hasta el final de tus días. Tú eres mi esposo, José, como tal te recibo, a ti me otorgo; este hijo que está a punto de nacer será tuyo, tu primogénito, tu único hijo a partir de hoy. Olvidarás todo lo anterior, ocupaciones y ataduras domésticas. Yo soy María, tu esposa, y tú serás el padre de este hijo a quien llamaremos Jesús..

Me estremecí al escuchar ese nombre, el mismo que yo había pronunciado delante de mis hijas, sin saber qué espíritu me lo puso en la boca. Pero no fui capaz de contárselo a María; asentí  mudo a todas sus palabras, besé sus manos diminutas, sus mejillas húmedas y con unas mantas hice para ella un asiento en el suelo; encendí lumbre, busqué en el zurrón el pan que nos quedaba y lo fraccioné para compatirlo, como un sínbolo de amor. De pronto, poniendo ambas manos sobre el vientre y mirando a lo alto, María sintió que el niño llegaba.

Maria estaba palida y un sudor frío perlaba su frente.  Apoyándose en mi trató de ponerse en pie: Condúceme a un lugar donde pueda ocultarme, me pidió, porque la hora ha llegado.

Estaba cayendo la tarde y yo miraba espantado en torno de mí la soledad del campo; no sabía a dónde acudir.  Ni un ser humano alcanzaba a divisarse, ni un refugio donde María pudiera esconder su intimidad, para el recogimiento de alumbrar al hijo. . .

Desde el alto firmamento, con gran estruendo, se  desprendió el ángel luminoso, otra vez en nuestra ayuda. Cayendo vertiginosamente fue a precipitarse en lo hondo de una cueva que servía de establo a las bestias y de refugio a los pastores. Allí se detuvo la luz y allí encaminamos nuestros pasos.

Era una cueva profunda y espaciosa, muy próxima a la aldea de Belén. Había pesebre donde rumiaba una vaca vieja que nos miró cariñosamente, y mansamente se aproximó a nosotros, como si tratase de protegernos con su testa armada y su redondo vientre. Había un montón de heno fresco donde María se recostó a reposar. EL asno blanco se acercó también cuando se vio libre del aparejo y la albarda, y las dos bestias candorosas arroparon a la virgen dándole su cobijo y su calor.

Yo miraba sobrecogido aquel atroz misterio que de un momento a otro se iba a consumar. Ni las profecías de los libros santos, ni las palabras de Simeón, ni el rechazo de mis hijas, ni las estúpidas bromas de mis amigos tenían para mí tanta evidencia como aquello que estaba presenciando, mudo e inútil, ignorante de cual pudiera ser mi papel en esa hora.

Una vez que María se hubo instalado en el heno, el resplandor del astro se deslizó hacia fuera y una penumbra húmeda se adueñó del ambiente. Me incliné a mirar el rostro de María y la vi sonreír; ¿Qué debo hacer?, le susurré. . . No temas, no hagas nada, Dios va a proveerlo todo en esta hora. . . Me pareció escuchar voces angélicas, acordes y sonidos que cruzaban el aire como relámpagos sonoros. Buscaré una  partera que te ayude, le dije, yo de nada te sirvo. Si es ese tu deseo vete y darás con ella; a mí ahora mismo me ayudan estos dos. . . Y al decirlo miraba a las bestias con ternura y ellas parecían comprenderla.

Y he aquí que saliendo de la cueva contemplé algo tan insólito que si bien al principio me sobrecogiò de espanto, me llenó luego de alegría y de paz. El sol estaba cayendo, muy bajo en el horizonte, pero se había detenido y con él la naturaleza toda, el aire como cristalizado en las nubes completamente quietas. . . Vi unos pájaros descendiendo, a punto de buscar albergue en unos árboles, que estaban detenidos en el vacío con las alas abiertsas; y bajando la vista vi unos carneros conducidos hacia el aprisco y que no marchaban, aunque algunos tenían su pata alzada para avanzar; y el pastor levantaba la mano queriendo arrearlos y la vara y la mano quedaban suspensas, congeladas; y contemplé la corriente de un río que no fluía y las bocas de los cabritillos que se mantenían a ras del agua sin beber; y en aquella quietud sólo yo caminaba y tuve tiempo de llegar hasta Balén y acudir a casa de una mujer llamada Zolemi que me conocía desde tiempos. . . Y cuando iba a golpear la aldaba vi a unos albañiles que trabajaban el barro en una artesa y los obreros, inclinados sobre ella, permanecían quietos, y los que estaban amasando no amasaban y los que estaban construyendo tenían los cuerpos inclinados en un difícil e incómodo equilibrio.

Cuando llamé a la puesta todo volvió a su ser regresó la vida y el movimiento, el sol precipitó su caída al ocaso, se movió el aire, aletearon los pájaros. . .

Zolemi al pronto tardó en reconocerme, pero me recibió con alegría y sin perder tiempo se ciñó su mantón; Yo estoy muy vieja y apenas veo; llamaré a mi hija Salomé que nos ayude, ella sabe de mi mismo oficio.

Cuando caminábamos hacia la cueva otro nuevo prodigio vino a causar la intranquilidad y hasta el pánico de las dos mujeres. El sol se había ocultado y en lo oscuro del campo, todo se había llenado de pequeñas luciernagas, gusanitos de luz que bullían en el suelo, dando a la yerba una maravillosa luminiscencia; un acorde continuo de grillos y chicharras hacía el aire sonoro en torno nuetro volaban pequeñas mariposas, que recogiendo las luces del suelo adquirían reflejos de colores.

Las dos mujeres temerosas se volvieron a mirarme. La vieja Zolemi me cogió por la túnica: Escucha,  José,  me gritó irritada, te conozco desde niño, conocí a tus padres y a tus suegros, y estas manos arrancaron del vientre de su madre a tu primer hijo; pero dime qué maravilla es esta y si eres un mago encantador o has aprendido en tus muchos viajes prácticas infernales, déjanos marchar, ten piedad de nosotras. . . Salomé, sin decir palabra, echó a correr huyendo, pero algún sofoco perverso pasó por su cabeza, porque empezó a dar vueltas y a trazar círculos, como si ignorase el camino o hubiese perdido el sentido de la orientación, hasta detenerse de nuevo frente a nosotros, con los ojos extraviados. Aterrorizada Zolemi juntó las manos suplicante:  Iremos donde tú digas, concluyó, porque estoy segura de estar presenciando el suceso más sorprendente que hayan jamas contemplado ojos humanos.

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Entramos en la cueva y allí estaba María, entre las bestias que le daban calor. Reclinada en el heno sonreía y en sus manos, envuelto en la manta del jumento, acunaban sus brazos un recién nacido. Caímos de rodillas y el acorde de grillos y chicharras llenó el aire de la caverna. Algo tenía en la garganta que me impedía articular palabra, y la vieja Zolemi postrada en el suelo empezó a pronunciar una especie de larga letanía que no recuerdo apenas, pero ni la madre ni la hija se atrevieron a poner las manos sobre la parturienta: Ese parto, decía Zolemi, no es de mujer, ni de sangre, ni de dolor; así paren las vírgenes de los profetas, así nacen los elegidos, así se alumbran al mundo los milagros, así llega hasta nosotros la palabra de Dios. . . No recuerdo todas las alabanzas que esa boca llegó a pronunciar, ni seria posible repetirlas. La joven Salomé recogió con sus manos al niño, lo alzó en el aire y lo puso sobre el pesebre que nos hizo de cuna la primera noche; lo vistió de pañales y le besó en la frente. . . Y María, levantándose del heno, se aproximó al pesebre y se hincó de rodillas para mirarlo de cerca. Se diría que lo estaba adorando. Luego se volvió a mí, me cogió las manos y las aprisionó con fuerza: Gracias, José;  ya tienes a tu hijo. Y los dos abrazados rompimos a llorar. Lo que sucedió esa noche, una vez que el niño estuvo reclinado en el  pajuz, fue como un torrente de hechos fantásticos, incomprensibles,a cual más sorprendente; personas, palabras, risas, jolgorios, luces y músicas; no sé si se trataba de ángeles o de seres humanos, incluso aves y bestias salvajes covivían juntas en esa fiesta singular. Posiblemente fue un encuentro, una mezcla,  una ebullición de todo lo creado; hombres y ángeles, mendigos y vagabundos, pastores y mozas de mala vida, animales de la tiera y aves del cielo, pescados del mar y reptiles del suelo; incluso vegetales, plantas, árboles, isnectos, enjambres, caparazones, ovas, líquenes, hongos. . . ,  todo lo que representa y sustenta la vida en sus múltiples formas y modos envió allí esa noche su embajada triunfal. Nos traían a la cueva su alegría desenfrenada, su música de mil modos y maneras, su agitación y su baile. A mi me dieron de beber y me hicieron cantar y el vino se me subió a la cabeza; me alzaron en hombros y me pasearon bajo las estrallas, entre el resplandor de los gusanitos luminosos que continuaban alumbrando el campo. Un cabrero me contó alborozado lo que les había sucedido. Estaban ellos cenando junto a  la hoguera cuando en el cielo se produjo un fogonazo de estrellas locas y sintieron una especie de temblor en el suelo y un joven llegó hasta ellos, rodeado de un aura dorada de luz; parecía mudo y señalaba el camino de la cueva. Le siguieron y al acercarse empezaron a ver a los otros, pastores de pagos lejanos y gentes que se encaminaban al mismo lugar, como cuando hay un incendio o se produce un acontecimiento que les llena de asombro y de sorpresa.  En el establo se encontraron a las muchachas que bailaban alzando los brazos, a los zagales que agitaban panderos y golpeaban tambores, las plantas, los animales, los peces, los reptiles, los monos saltarines y los leones salvajes que habitan en las hoduras de la jungla. Recuerdo también a un viejo vagabundo, subido a la prominencia de una roca, dirigiéndonos un extraño discurso: Ha nacido el Dios de los pobres, el Dios de los mendigos, decía, y de los desdichados. . . Llevo cientos de años recorriendo el mundo y recibiendo visiones celestiales que me anunciaban este lugar y este día. Los que carecemos de hogar, de familia, de trabajo y de fortuna, los desheredados de la tierra y del cielo, los dejados de la mano de Dios, incluso de la mano del Diablo, los desarrapados, los parias, vamos a tener desde hoy un Rey que nos  muestre y nos explique las razones de nuestra rebeldía; desde hoy vamos a saber por qué nos azotan y nos escupen al rostro y nos  injurian y nos arrojan de las ciudades y nos encarcelan y nos ajustician; desde hoy vamos a tener una esperanza y un motivo para seguir viviendo. . . Aquel hombre hablaba con voz de borracho, se le tropezaba la lengua y su aliento apestoso trascendía en el aire. No obstante parecía estar muy seguro de sus palabras y aunque los jóvenes se burlaban y le atosigaban dándole de beber y agitando panderos junto a sus peludas orejas, él no se molestaba por nada; reía, saboreaba el vino y continuaba perorando impávido:  Allí, gritaba, allí está la ciudad corrompida, allí duermen los ricos en sus grandes lechos de damasco, entre sábanas perfumadas, con el vientre hinchado de frutas y manjares; su sueño es tan plácido y profundo que no se han enterado de los fenómenos y señales de esta noche santa. El cielo se ha roto en mil estrellas, la tierra ha temblado, la yerba se ha tornado luminosa y ha descendido hasta nosotros una lluvia de mariposas perfumadas; las bestias salvajes conviven en paz con sus eternas víctimas, los peces asoman al aire sus bocas ávidas y los reptiles se elevan en círculos emprendiendo una danza magnífica junto a las aves del cielo; pero a ellos, a los ricos, el milagro les ha cogido durmiendo. El ángel del Señor no pasa dos veces, no nace dos veces el hijo de Dios. . . A ratos su voz se perdía en el bullicio y el jaleo, para resonar de nuevo vibrante y poderosa. Algunas muchachas bailaban hasta caer extenuadas al suelo, provocando las risas de sus compañeras que las sacudían animandolas a seguir, y las viejas rijosas, desdentadas y feroces, ocupaban sus lugares y se abrazaban a los zagales alzándose las faldas con chillidos penetrantes; una alegría irracional, irresistible, se había apoderado de esa abrigarrada multitud de locos felices. Yo me encontraba cansado, rendido, no podía con  mi cuerpo; pese a mis esfuerzos los párpados se me caían y los miembros se negaban a obedecer; todo se deslizaba ante mis ojos como tamizado por una gasa de irrealidad. María me hizo acostar en el heno y me cubrió con una manta; pero hasta hundirme en el sopor definitivo, continuaba escuchando el golpeteo de los panderos y los tambores y el griterío de las muchachas y la voz áspera de los zagales. . . .

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Así fue la noche que nació Jesús . . . Mi sueño, sin solución de continuiad, iba prolongando la fantástica realidad que se agitaba en la cueva. . .  Por eso digo que pasado el tiempo desconfío de mi memoria, no distingo con certeza lo que vi y lo que soñé, lo que recuerdo y lo que ahora imagino; todo se junta y se confunde en una danza magnífica y en un grito que pregona a los cuatro vientos del  mundo la alegría infinita de Dios.

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– Evangelio de José y su familia –

J.M.Rincón

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