* LA LEYENDA DORADA *

El  episodio de los relatos del nacimiento del Salvador,

 llegados de la Arabia felíz, ha impresionado vivamente

la imaginación de la humanidad desde hace miles de años.

He aquí el relato de un viejo y sabio asno que,

encontrandose en un pobre establo,

irrumpió en su mísera vida

la magnífica y sorprendente. . . N A V I D A D

 

 

 

Que no os engañe mi pelaje blanco,- dice el asno-. En otros tiempos yo era negro como el jade, solamente tenía una estrella blanca en la frente, signo evidente de mi predestinación. Hoy, ella continua en su sitio, mi estrella, pero ya no se la ve, porque todo el pelaje se me ha vuelto blanco. Es cono los astros en el cielo nocturno que con la palidez del alba se difuminan y borran.  Así con la edad madura mi pelaje a cogido el color de la esrella de la frente, y en ello también quiero yo ver un signo, la marca evidente de bendición. Porque yo soy viejo, muy viejo, debo de tener cerca de cuarenta años, lo que para un asno es una edad fantástica. ¿ Quizá incluso soy el decano de los burros ?. Ese sería otro signo.

Me llaman Kadí Chouïa, y eso hay que explicarlo. Desde mi mas temprana edad, mis dueños no han podido quedarse insensibles ante ese aspecto de sabidurìa que me distinguía de los otros asnos.. Había en mi mirada algo de gravedad  y de sutileza que impresionaba. De ahí ese nombre que me dieron de Kadí, y todo el mundo sabe que, Kadí, entre nosotros es un juez y un religioso a la vez, es decír, un hombre que está recomendado por su prudencia y sabiduría. Pero, naturalmente, yo, sin embargo, no era mas que un burro el más humilde y mas maltratado de los aniamles, y se me podia dar ese nombre de venerable y sin disminuirlo de Kadí, sin disminurilo con otro nombre y ridículo a la vez. Fue el de Chouïa, que quiere decir pequeño, mezquino, despreciable, Kadí Chouïa, el sabio del tres al cuarto, llamado por sus amos tan pronto Kadí, más frecuente Chouïa, según el humor del momento…

Yo soy un asno de los pobres. He presumido durante mucho tiempo de serlo y no he felicitado por ello. Mi dueño era un modesto cultivador. Cierto es que a mi la vida no me miraba. Siempre pegado, insultado, aplastado por bultos más pesádos que yo, alimentado con cardos – ¡ Vaya con la idea de los hombres de que los burros nos alimentemos con cardos ! – . ¡ A ver cuando nos dan, por lo menos una vez trévoles y cereales para que podamos establecer la diferencia !. Y cuando por fin venga la muerte, allá agotados, esperando a que la muerte misericordiósa venga a poner termino a nuestros sufrimientos, de seguro nos encontrará  perdidos en una aborrecible cuneta.

Son cosas que hay que saber para comprender con qué espiritu me encontraba con mi dueño en Belén, gran ciudad de Judea, en aquel principio de invierno. Toda la provincia estaba agitada porque el Emperador había ordenado que se hiciese un censo, y cada cuál tenia que inscribírse con los suyos en el lugar de su orígen. Belén no es mas que un poblacho plantado en el reborde de una colina cuyos flancos estan adornados con terrazas y pequeños jardínes sujetos con pequeñas paredes de piedras estériles. En primavera y en periódo ordinario, tíene que ser bueno vivir allí, pero a principios del invierno y con el maremágnum del censo, yo echaba mucho en falta mi establo de Djela, el pueblo del que venimos.

Mi dueño se había considerado lo suficientemente felíz, con encontrar un sitio para mi ama y los dos niños en una gran posada que zumbaba como una colmena. Al lado del edificio principal, había una especie de granero en donde se almacenaban las proviciones. Entre las dos casas había un estrecho pasadizo que no llevaba a ningún sitio, y que había sido recubierto con vigas sobre las que habían echado brazadas de juncos que formaban una especie de techo de cáñamo. Bajo este abrigaño precario habían puesto un pesebre y extendido unos acomodos para los animales de los clientes de la posada.

Allí fué en donde me ataron junto a un buey al que acababan de desenganchar de un carro. Tengo que decír que siempre he tenido verdadero horror a los bueyes, aunque ciertamente es que estos animales no tíenen malicia.


EL ASNO CUENTA SOBRE EL BUEY

Les diré que este buey es un rumiante un meditador, un taciturno. No dice nada, no por ello deja de pensar. Reflexiona y recuerda.  Imagenes inmemoriables flotan en su memoria, en su cabeza pesada y maciza como una roca. Me contaba que la mas venerable de todas procede del antiguo Egipto. Es la del Buey Apis. Nació de una ternera viergen a la que fecundó un trueno. Lleva una Luna de cuarto creciente en la frente y un buitre en la epalda. Vajo la lengua tíene un escarabajo. Es alimentado en un templo. Tras todo eso un pequeño dios nacido en un establo de una doncella y del Espíritu Santo, ¡ no tíene nada que sorprender a u buey !.  El recuerda. Se ve como joven novillo, en el centro del cortejo que se ha formado, en la fiesta de las espigas, en honor a la diosa Cibeles. Él avanza, coronado con racimos de uvas, escoltado por jovenes vendimiadoras y viejos Silenos ventrudos y alegremete iluinados. Recuerda. Los trabajos agrícolas del otoño, lento trabajo de la tierra rajada por el arado. Su hermano de labranza uncido al mismo yugo que él  lleno de humo. Piensa en la vaca, el animal madre por excelencia, en la suavidad de su vientre. Evoca los tiernos cabezazos del ternerito en ese cuerno de la abundancia viva y generosa, de donde brota la leche que lo alimentaba. Él sabe que él es todo eso, el buey, y que su masa confortante y protectoramente inconmovible tiene que vigilar el parto de la Virgen y el nacimiento del Niño.

Pero aquella tarde, los viajeros rechazados por el ventero habían invadido el granero. Ya sospechaba yo que no nos dejarían mucho tiempo en paz. Pronto un hombre y una mujer se deslizaron de forma improvisada en el establo. El hombre, una especie de artesano, era de bastante edad. Había exclamado, contándoselo a cualquiera que pasaba, que tenía que hacerse inscribír en el censo de Belén, porque pertenecía a la descendencia del rey de Belén, David, a través de una larga cadena de veintisiete generaciones. Se le reían en la barba al oírle. Hubiéra hecho mejor con invocar el estado de su joven mujer y así hubíese encontrado un lugar dode pernoctar, pués parecía agotada y de remate estaba embarazada.  El reunió la paja que había, añadiendo el heno de los establos y pesebres para hacer, entre el buey y yo, una cama improvisada donde hizo tenderse a la joven mujer.

Poco a poco cada uno había encontrado ya su sitio y se apagaban los ruidos. A veces gemía suavemente la joven mujer, y así supimos que el marido se llamaba José. La consolaba lo mejor que podía, y nos enteramos así que ella se llamaba María. No sé cuantas horas pasarían porque me debí quedar dormido. Cuando me desperté, ví que había habido un gran cambio de todo, no solamente en nuestro recinto sino por todas patres, e incluso se diría que en el cielo que se distinguía en proporciónes azules y brillanes, por encima de nuestro techo. Habia caído sobre la tierra el silencio de la noche más larga del año, y se diría que hasta los manantiáles se habían callado y que el cielo apagaba sus hálitos de aire para no turbarlo. No había ni un pájaro en los árboles, ni un zorro por los campos, ni un ratón entre la hierba. Las águilas y los lobos todo cuanto tíene pico y garra, guardaban una tregua y velaban con el  hambre en el vientre y la mirada fija en la oscuridad. Hasta las luciérnagas y gusanillos luminosos ocultában sus lucecitas. El tiempo se había borrado en una eternidad sagrada.

Y bruscamente se produjo un acontecimiento formidable. Un estremecimiento de alegría irreprimible recorrió cielos y tierra. Un magnifico batir de innumerables alas atestiguó que nubes de ángeles mensajeros se lanzaban en todas las direcciones. El bálago que nos cobijaba se iluminó con los resplandores de un cometa. Oímos la risa cristalina de los arroyuelos y la mejestuosidad de los ríos. En el desierto de Judá, un ligero temblor acariciador de arena ha hecho cosquillas a los flancos de las dunas. Una ovación que salía de los bosques de terebintos se ha juntado con los algodonosos aplausos de los búhos. Toda la naturazleza ha exultado de alegría.

¿ Qué había pasado ?. Casi nada. Se había escuchado, salido de la sombra de la paja caliente,un ligero vahido, y este grito seguro que no provenia de la mujer ni del hombre. Era el dulce lamento de un  recién nacido. Al mismo tiempo descendió sobre el establo una columna de luz: allí estaba en medio el arcángel San Gabriél, ángel de la guarda de Jesús, y desde ahora en adelante en cierta manera tomaba la dirección de las operaciónes. Por otra parte, inmediatamente se abrió la puerta y vimos entrár a una de las criadas de la posada cercana, que llevaba apoyado en la cadera un recipiente con agua tibia. Sin dudarlo, se arrodilló y bañó al Niño. Luego lo frotó con sal con el fin de robustecer la piel, y se lo dió, ya con pañales, a José que lo colocó sobre las rodillas como señal de reconocimiento paterno.

No se podía más que felicitarse por la eficacia de Gabriél. ¡Ah! excepto por el respeto que se le debe a un ángel se puede decir que no ha estado ni un momento inactivo esta Gabriél. Él fué quien anunció a María que sería madre del Mesías. Él quien aplacó las dudas del buen José. Más tarde, se fué a advertir a los Magos para que no informasen a Herodes, y luego organizaría la huída a Egipto de la pequeña familia. Pero no adelantemos acontecimientos.

De momento hace el papel de mayordomo, de ordenador de las alegres pompas en estos sórdidos lugares que él transforma, transfigurandolos como hace el sol al cambiar la lluvia en arco iris. Él fué en persona a despertar a los pastores de la campiña de los alrededores, a quienes hay que reconocer que para empezar dio un buen susto. Pero para tranquilizarlos, les ha anunciado con alegres risas, la hermosa, la gran noticia, y les ha convocado junto al establo. ¿En un establo? ¡ Eso si que era sorprendente para esos rústicos pero también muy reconfortante!.

Cuando empezáron a afluir, Gabriél los agrupó en semicirculo y les ayudó a que viniesen uno tras otro a expresar sus saludos y a formular sus deseos con la rodilla en tierra. Y vaya si les costaba trabajo encontrar palabras a estos silenciosos que habitualmente no hablan más que a su perro o a la Luna. Depositaban junto al pesebre los productos de su trabajo, leche cuajada, quesitos de cabra, manteca de oveja, y también aceitunas del Gálgala, bayas de los sicomoros, dátiles de Jericó, pero naturalmente ni carne, ni pescado.

Ellos hablaban de sus humildes miserias, epidemias, garrapatas, bichos apestantes y Gabriél les bendecía en nombre del Niño y les prometia ayuda y protección.

– Habéis hecho bien , viniendo a adorar esta noche al  Niño – , les dijo Gabriél. Las quejas de vuestros corzones seran escuchadas. El Hijo pronto va a ser ofrecido por el propio Padre como holocausto. De ahora en adelante en todas partes, y hasta el último islote de tierra descubierta, en cualquier hora del día y hasta el fin de los tiempos, la sangre del Hijo correrá por los altares para la salvación de los hombres. Ese Niñito que estáis viendo dormir sobre las pajas, pueden bien el buey y el asno recalentarlo con sus alientos, pues en verdad que es un corder, desde ahora será el único Corder Sacrificiál, el Cordero de Dios, el único que será inmolado por los siglos de los siglos.

Tras este discurso angélico se produjo una pausa de recogimiento que parecio que hacía el vacio ante la terrible y magnífica conmoción que anunciaba. Cada cual a su manera y según sus fuerzas trataba de imaginarse lo que serían los muevos tiempos. Fué entonces cuando se produjo un formidable chirrido de cadenas y poleas oxidadas, una risa sollozante, torpe,  grotesca, era el rebuzno atronador del asno del pesebre. ¡Pués sí, vaya, que mi paciencia se había acabado!  ¡Que aquello no podía durar!. Una vez mas era evidente que se nos había olvidado, porque yo había escuchado bien y en todo cuanto se había dicho, nada se refería a nosotros los asnos. Todo el mundo se rió, José, María, Gabriél, los pastores y le Buey, que no había entendido nada, hasta el Niño que agitó alegremente sus cuatro mienbros en su cuna de paja.

– Naturalmente que no serán olvidados los asnos –

Cuán grande es vuestro mérito, agobiados con bultos, pegados, heridos, hambrientos!. No creas sin embargo que vuestra miseria se escapa a la vista de un arcángel. Por ejemplo, Kadí  Chouïa, distingo con claridad esa pequeña llaga profunda y llena de pus que tienes tras la oreja izquierda, y sufro contigo, pobre martir, cuando tu amo la hurga día tras día, para que el dolor reanime tus fuerzas tan agotadas ya… Entonces alargó el arcángel un dedo luminoso hacia mi oreja izquierda, e inmediatamente esa pequeña llaga profunda y purulenta que no le había escapado a la atención, se cerró, e incluso se recubrió con un callo duro y espeso al que ningún aguijón conseguiría nunca agujerar. En el acto sacudí mi crin con entusiasmo  y lanzando un hihan rebuznante de victoria.

– Sí amables y modestos compañeros de los trabajos de los hombres- continuó Gabriél -, vosotros tendréis vuestra recompensa en la historia grande que empieza esta noche, y será triunfal. Un día, un domingo – que llamarán Domigo de Ramos  de Pascua Florida – el Señor desatará en el pueblo de Betánia, cerca del Monte de los Olivos, una burra acompañada por su pollino. Los apostoles colocaran un manto sobre el pollino – que todavía no abrá montado nadie -, y Jesús suvira en él. Y el Señor hará su entrada solemne en Jerusalén, por la Puerta Dorada, la puerta más bella de la ciudad. Un pueblo en alegría desbordante aclamará al profeta de Nazareth con el grio de Hosanna al Hijo de David, y el asnillo pisará una alfonbra de palmas y de flores preparadas por las gentes sobre la calzada. La madre trotará tras el cortejo haciendo hihan, hihan, para decir a todoss:<<¡Ese es mi pequeño, es mi pequeño!>> Porque nunca una burra abrá conocido semejante orgullo.

Así, alguien, por pirmera vez había pensado en nosotros los asnos, alguien se había preocupado por nuestro sufrimiento de hoy y por nuestras alegrías del mañana. Pero para ello había sido necesario nada menos que todo un arcángel bajara del cielo. De golpe me sentí rodeado, adoptado por la gran familia de Navidad. Ya no era yo el solitario incomprendido. ¡Qué hermosa noche hubiesemos podido pasar así todos juntos en el calor de nuestra común y santa pobreza!. ¡Y que magnífico desayuno hubiésemos tomado tras haber dormido a pierna suelta !.


Siempre tiene que meterse los rico en todo. Es que los ricos son verdaderamete insaciables, lo quieren todo, ¡Incluso la pobreza!. ¿Quien hubiera podido imaginar que esta familia miserable, acampada entre un buey y un asno, llamaría la atención de un rey. ¡Qué digo un rey!. Tres reyes, autenticos soberanos llegados del Oriente, por añadidura, en medio de un lujo provocador de servidores, de monturas y de baldaquismos.

Los pastores se habian retirado en silencio que se apoderaba de esta noche incomparable. Y de repente un gran tumulto llenó las callejuelas del pueblo. Todo un resonar estridente de frenos, de estribos, de armas, la pùrpura y el oro brillantes entre el resplandor de las antorchas, órdenes y llamadas en lenguas extrañas, y sobre todo la silueta insolita de animales venidos de otro cabo del mundo, halcones del Nilo, lebreles de caza, loros verdes, caballos divinos, camellos del gran sur. Y por qué no, hasta elefantes, en esta comitiva grande.

Pimeramente se arremolina la gente por curiosidad, semejante despliegue jamás se había visto en un pueblo de Palestina. ¡Se puede decir que los ricos han ofrecido precio para sobornar nuestra Navidad!.  Y luego el final, demasiado, es demasiado. Se retiran, se protegen, o bien se toman las de Villadiego a través de campos y de colinas. Y es que, ya lo véis, nosotros los pequeños, no tenemos nada que esperar de los grandes. Es preferible que no se mezclen con nosotros. Para una limosna que cae por aquí o por allá. ¿Cuantos latigazos no encaja un rústioco o  un asno, como yo,  que se encuentre al paso de un príncipe?.

Así es, efectivamente, como lo entendía mi dueño. Despertado por el alboroto, reunió sus cuatro harápos y le vi abrirse camino desde nuestro establo. Mi amo tiene decisión, pero pocas palabras para explicarse. Sin abrir boca, me desató, y abriendose camino entre la multitud, abandonamos el pueblo, decididamente muy agitado por la llegada de los reyes, aunque ya lo estaba mucho antes.

Los Reyes Magos – Michel Tournier –

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